Por Eduardo Luis Aguirre

Para avanzar en un proyecto democrático, pacífico y racional contra el anarcocapitalismo, sus lógicas, narrativas y prácticas, es necesario revisar, sin solución de continuidad, qué pudo haber ocurrido en la sociedad argentina para que el voto histórico de los sectores populares avalara un proyecto cruel, agresivo, violento, individualista a ultranza, capaz de entregar el patrimonio común del país y quebrantar sus conquistas comunes y sus lazos sociales.



Aquel 56% de los sufragios seguramente recolectó a los sectores más reaccionarios del país, pero además contó con el aval de trabajadores y de amplias capas de la clase media autóctona. Sabemos que esos sectores conservan una memoria social compatible con la expectativa de una movilidad social ascendente. El paso del peronismo por la historia argentina distinguió su estructura de clases y sus subjetividades. No obstante, la frustración de un gobierno nominalmente justicialista como el de Alberto Fernández terminó por exacerbar las frustraciones de amplísimos sectores invisibilizados desde la recuperación democrática, con excepción de los avances producidos en los social por la década ganada. Pero la volatilidad de los ciudadanos, la pérdida de confianza en las democracias delegativas y en las formas tradicionales de hacer política lo condujeron a intentar un “cambio”. Curioso caso, una clase media custodia de un orden consensual acatado durante décadas, se replegó hacia un experimento que se desplaza en los bordes mismos de la democracia.

Lo propio pasó con los sectores trabajadores, a quienes, para facilitar la lectura de este texto, no habremos de llamar obreros.

Hay algo de la evolución de la clase media argentina que estalló en el 2023, llegando a poner en juego en muchos casos su supervivencia y en otros sus propias conquistas.

 Para intentar explicarnos esa transformación de las subjetividades y entender las formas de volver a enamorarlas desde un proyecto nacional y popular, es necesario conocer algo más de la clase media y de los sectores dinámicos que su escala de valores permea e influencia en la Argentina.

La clase media, portadora de un sistema de creencias, de una cultura y una concepción del mundo similar, adquiere en nuestro país singularidades relevantes y fue haciéndose portadora de un sentido común hegemónico. Se trata de los descendientes de los descendientes de los barcos. Los desterrados del viejo continente. Esos que Macri y AF confundieron con la identidad totalizante de la patria.

Una rémora histórica parece abarcarla en gran medida. A aquella clase media, compuesta por obreros, trabajadores de servicios, incipientes profesionales y propietarios le importaba esencialmente el reconocimiento social y económico en su país de origen o en el que seguían considerando como tal. Pero su vínculo con el país de acogida siempre fue condicional, desconfiado, ambivalente, en el que no le interesaba ser reconocido por su prestigio, fortuna o poder en el país en el que ahora hacía pie. Por eso, el ascenso social no fue observado por estos sectores como un ascenso de su propia clase sino como un mérito sacrificial compatible con una mirada que romantizaba el lejano pasado europeo.

Por eso es que señalamos que la clase media y su particular visión del país la tornó timorata e individualista, condenándola a fluctuar entre las clases en pugna durante dos siglos. En el antagonismo histórico entre la oligarquía y el proletariado rápidamente advirtió que carecería por siempre del linaje oligárquico y su desconfianza hacia “la chusma” terminaba aislándola en una dubitación irremediable.

Creó sus propios códigos éticos a imagen y semejanza de los que pronuncia la clase dominante, cultivó un sentido progresista donde el reclamo por mayor cultura la acercó a un estado justicialista y pontificó de manera sufriente por los medios materiales y la empresa de la familia.

En la Argentina, el ahorro, el ascenso social y el crecimiento económico siempre tuvieron en estos segmentos sociales una importancia trascendental. Someterlos a un estado de privación los sume en un esperable y justificado sentimiento de miedo y desolación. Por eso recuperar el favor de estos sectores del campo popular no va a ser sencillo. Se necesita una ética indisoluble de la política y lo político, recuperar y actualizar una doctrina, exaltar la pertenencia a un proyecto común, revivir las expectativas de un buen vivir y fortalecer los lazos sociales que -sobre todo en la clase media- siempre estuvieron limitados al interior de las familias tradicionales, fueran éstas rurales o nucleares.

Este requerimiento es fundamental, porque para las clases medias todo lo que venía del afuera era visto con desconfianza, incluso los nuevos miembros que se incorporaban a la misma familia. Está claro que la nueva llegada a estos compañeros deberá utilizar el argumento como forma de hacer política de cara a una nueva victoria popular y democrática. Pero eso no será suficiente. Habrá que reivindicar sus rutinas, acogerlos como compañeros y compañeras que son y no escamotear el diálogo, que es justamente el aspecto nodal que ha roto el neoliberalismo. Esto implica revitalizar las palabras y las sensibilidades, propiciar la mirada en el otro en tanto otro y completar un ciclo civilizatorio al que también denominamos batalla cultural. Prefiero aludir a un nuevo horizonte existencial, una nueva mirada del sentido mismo de la vida y una proyección del pensamiento que nos concierne como militantes. Parecernos a ellos, comprenderlos, entenderlos. Prescindir de las estéticas fantasmagóricas de cierto progresismo y sembrar en ese sector del pueblo inmenso, inconmensurable, desperdigado y solo, como decía Perón (*). Esa tarea seminal es la única vía para recuperar al sujeto político circunstancialmente adverso.



(*) Pavón Pereyra, Enrique: “Yo Perón”, Ed. Sudamericana, 2018, p. 223.