Por Alejandro Galliano (*)

 

 

 

Las izquierdas han reemplazado su «economicismo» de antaño por nuevas formas de «politicismo». Si el determinismo económico era un problema, el abandono del debate sobre cuestiones económicas también lo es. 

Por Eduardo Luis Aguirre

 



La singular fragilidad de las democracias latinoamericanas admite una mirada continental, conjunta, holística, pero también es permeable a una apreciación distintiva de la situación de cada país y de cada región, de cada ciudad, de cada comunidad y de cada pueblo. Hasta allí, nada nuevo, o nada que pueda sorprendernos. Esas especificidades se vuelven verdaderos hallazgos imperativos cuando observamos que en la era de las "sociedades de riesgo", en Nuestra América esos riesgos asumen connotaciones estructurales. El caso de la violencia en México es emblemático para ejemplificar ese ejercicio transitivo.

Por Eduardo Luis Aguirre

 

 

 

A fines del siglo pasado, la imparable fugacidad de la autoproclamada posmodernidad, el fin de la historia y de las ideología, el Consenso de Washington y una aceleración de los adelantos tecnológicos caracterizaban un planeta que hacía pie de pronto en un solo paradigma totalizante. No había nada por fuera del capitalismo neoliberal, con excepción de una jerga aplicada y el oportunismo de las academias e instituciones dispuestas a utilizar y valerse de las ventajas de internet y las comunicaciones remotas.

Ni siquiera sabemos la fecha exacta de su nacimiento. Sí, que el mismo tuvo lugar en la impresionante Villa de Oñati, un lugar paradisíaco y extremo en medio de Euskal Herría, en un valle umbrío de la exuberante montaña guipozcoana.

Por Eduardo Luis Aguirre

 

 

Las premoniciones de Hardt y Negri sobre las tradiciones e instituciones jurídicas globales han quedado demasiado lejos en el tiempo, arrumbadas por el exceso de confianza de algunas de sus formulaciones en “Imperio” y el estado de excepción de naturaleza permanente que el neoliberalismo ha instalado de hecho en las democracias de baja intensidad contemporáneas.

Por César Manzanos Bilbao (*)

 

 

Cuando las perspectivas presentes y próximas se tornan inciertas y teñidas de falta de expectativas transformadoras. Cuando las dinámicas de movilización se nos muestran más desactivadas a pesar de que pueda ser el momento en el que más candentes son y sobre todo cada vez más necesarias… la tentación es recurrir al pasado como elemento cohesionador, vivir de la política de la nostalgia e inspirarnos en los iconos de lo que fue y de lo que nos unió o ilumino nuestros anhelos por construir otra sociedad. Nos refugiamos en los logros históricos, en las conquistas obreras de otra época, en las revoluciones que llevaron a la descolonización o a los estados socialistas que fueron y ahora son, otra cosa.

Mario Ramírez Granados (*).

A veces el  dolor  es tan grande, que  para nombrarlo, es necesario  recurrir  a la ficción. Es el caso de La llorona (2020)  de Jayro Bustamante,  que  se sirve de la  leyenda  colonial  para  poder  nombrar  a la  historia reciente  de la sociedad  guatemalteca.

La historia de Guatemala, como en tantas partes de  América Latina  se refiere al uso del terror como mecanismo para intentar socavar a los conflictos sociales, que se deben a la profunda desigualdad  socioeconómica  sobre la que se organizaron  nuestras sociedades.

Por Eduardo Luis Aguirre

Desde hace algunas décadas observamos el tránsito del capitalismo industrial a otras formas de acumulación que maximizan la tasa de ganancia. Lo productivo cede ante la prepotencia de un sistema financiero que no solamente influye en la economía y los mercados sino también en las sociedades y en los sujetos implicados en esas transformaciones drásticas e impiadosas. Algo (o mucho) de esto denunciaba Vladimir Putin en un discurso de ineludible lectura pronunciado en el último encuentro de Davos. El capital no ha dejado de tocar las subjetividades sino también las sociedades. Entre ellas, por supuesto, al fútbol, convertido en su faceta profesional en un espacio de explotación, negociados y multiplicación de circulante dinerario sin precedentes en la historia. Por supuesto, este hiperprofesionalismo ha desnaturalizado al fútbol. Desde la apropiación de los clubes por grandes capitales de cualquier lugar del mundo, hasta el rol de los “representantes” de jugadores, el papel de operadores primitivos y brutales que cumplen todos los días y a toda hora la gran mayoría de los “periodistas” especializados y la instrumentalización de los jugadores, paradójicamente los principales protagonistas de este juego, entre otras calamidades. También los clubes “privatizados” y las empresas que consiguen camouflarse legalmente como clubes y participan en los distintos torneos de ligas. Alguna noticia todos tenemos sobre eso, seguramente.

La tragedia del “Morro” García (y no personalizo sino para ejemplificar, porque no conozco en particular su caso) devuelve -seguramente de manera efímera- al primer plano de responsabilidad a los clubes. A los profesionales y también a las instituciones sin fines de lucro a las que reivindicamos como clubes sociales. Pero debemos recordar que hubo hechos similares anteriores, seguramente con particularidades diferenciales que también desconocemos.