Por Eduardo Luis Aguirre
La acelerada reformulación del capitalismo contemporáneo merece al menos algunas preguntas sobre las implicaciones y cambios que la tecnología introdujo en las subjetividades contemporáneas.
En su última versión algorítmica, este capitalismo no deja de asentarse en la desigualdad por desposesión, en la acumulación por explotación y alienación, igual que en los siglos XVIII y XIX, con el tránsito de la movilidad social horizontal y las migraciones del campo a las sociedades recientemente industrializadas. Lo propio aconteció en la región estadounidense de los grandes lagos, cuando las terminales automotrices de Chicago y Michigan comenzaron a demandar ingente mano de obra que provino de las zonas rurales del país, pero también de países europeos y otros lugares del mundo.
Semejante revulsivo, un tránsito aluvional de la servidumbre al proletariado fue asumido como un progreso que modificaba sustancialmente las condiciones de vida de la gente. El trabajo a destajo, el salario y las condiciones de vida deplorables de las familias de aquel capitalismo manufacturero eran consideradas una superación de las condiciones feudales europeas precedentes. Las dos grandes guerras, el impacto tecnológico de la utilización de armas nucleares contra población civil y, sobre todo, el advenimiento de una posguerra de bonanza condicionada por la necesidad de obturar el crecimiento del comunismo en las diferentes regiones del mundo hizo de Europa la expresión más confortable de un capitalismo de “rostro humano”, que en menos de medio siglo provocó que pensadores como Tony Judt asumieran esas socialdemocracias emergentes como la mejor expresión de convivencia democrática y equitativa de la historia. Aquí, en nuestro margen, distintos proyectos nacionales y populares como el peronismo significaron un intento de emulación y de ampliación de derechos de los trabajadores, un nuevo sujeto social dinámico y con profunda vocación emancipadora. En cualquiera de sus facetas, durante la segunda posguerra, algo de lo social aparecía en los países no alineados, nacidos en la antigua Yugoslavia en 1969.
En menos de dos décadas, dos sucesos sacudieron la realidad mundial. La implosión de la ex URSS y de las burocracias socialistas de Europa oriental, por una parte. Por la otra, la reconfiguración de la OTAN y la guerra iniciada por la alianza atlántica justamente contra Yugoslavia, el país que ostentaba el cuarto puesto en calidad de vida. De ahí al Consenso de Washington, el “fin de la historia” y la consolidación del neoliberalismo. Una deriva que contó con el consenso de una masa anónima ya acostumbrada a disfrutar de la nueva era de consumo y descompromiso, cimentada en décadas de sistemas de creencias y códigos de valoración capitalistas masivamente asumidos. Esa multitud, colonizada por una multiplicación de productos para el consumo, transformado en eje existencial de una era, fue funcional al capitalismo financiero y a las demás transformaciones sobrevinientes. La irrupción posterior de internet y las nuevas tecnologías del aceleracionismo, como la Inteligencia Artificial, despertaron sensaciones colectivas de mera compulsión operativa respecto de las nuevas tecnologías, mientras se profundizaba el individualismo en las nuevas subjetividades y declinaban las utopías que habilitaban un bienestar común. Alguien dijo alguna vez que la verificación más rotunda del estado de dependencia es la imposibilidad de comprender cómo funcionan las máquinas e igualmente no cejar en la pulsión de adquirirlas y utilizarlas para poder participar de las nuevas redes y novedades algorítmicas. Eric Sadin cita a Peter Sloterdijk: “Quien se haya habituado al infierno se muestra inmune a la exhortación de cambiar su vida, aunque sea en su propio interés” (*). La idea de que los seres humanos en el tercer milenio eligen en contra de sus propios intereses nos obligarán en otras entregas a replantear las gramáticas del marxismo clásico. Es necesario indagar y volver a discutir cuáles son los actuales “intereses” por los que optan millones de personas. Y hacerlo con abstracción de nomenclaturas que en general se crearon en la fragua de un desentendimiento de las intuiciones y representaciones subjetivas en los procesos revolucionarios que, en teoría, deberían sobrevenir. Justamente por eso, es necesario escrutar los sentimientos que la IA, uno de los descubrimientos más importantes de la historia humana provoca en la masividad anónima del planeta. Esas sensaciones son múltiples. Cualquier auscultación cualitativa permite constatar el crecimiento de la angustia propia de la época, la curiosidad frente a las nuevas tecnologías y el miedo a un futuro incógnito que admite cualquier tipo de conjetura.
Heidegger decía que en la angustia resplandece el Ser. La angustia sería un sentimiento potencialmente creativo, profundo, quizás el punto de partida para intentar escrutar las nuevas relaciones entre el ser humano y la tecnología. Por lo tanto, una dosis de profunda humanidad la encarna y antecede. La “curiosidad sociológica” (y filosófica), una postura que excede lo meramente operativo de las tecnologías es también una actitud virtuosa y potente para intentar detenerse en indagaciones imprescindible sobre el estado de la cuestión en el mundo.
El miedo, en cambio, se instala como una derivación comprensible y razonada frente a las especulaciones de muchos expertos acerca de las eventuales consecuencias dañosas de la IA en su versión tecnofeudal en caso de que la misma no pudiera ser controlada por los estados o instituciones internacionales. La idea, hasta ahora, es plantar un contralor como el que debería estar llevando a cabo la AIEA. No hay ,más que mirar el desempeño de ese organismo para darse una idea de lo esperable en ese caso.
Las sucesivas reuniones que se vienen realizando en el último cuatrienio apuntan a obtener que el dominio de las tecnologías no quede en manos de los megamillonarios que monopolizan en occidente la caótica aceleración de la técnica. Una expectativa excesiva de cara a la emergencia potente de las nuevas derechas. La publicación del reciente Manifiesto Palantir, la idea de que la democracia es incompatible con la libertad, la expectativa de instalar “poderes duros” contra el “pensamiento débil” de occidente dan la pauta de que quienes impulsan la IA difícilmente admitan límites a las lógicas descarnadas de la ilustración oscura. Ese es el desafío decisivo que deberán afrontar las mejores tradiciones iluministas de occidente.
(*) “El desierto en nosotros mismos”, Caja Negra Ediciones, Buenos Aires, 2026, p. 23.
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