Por BBVA
Para defender el viaje de la esposa del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en el avión presidencial, algunos economistas —entre ellos Adrián Ravier— apelaron a un argumento aparentemente técnico: el costo marginal de sumar un pasajero más es prácticamente cero, porque el avión iba a volar igual.El razonamiento suena sofisticado, pero tiene un problema: utiliza solo la mitad de la teoría económica.Si el viejo Alfred Marshall escuchara esta discusión probablemente recordaría una regla básica de la microeconomía: las decisiones eficientes se toman comparando costo marginal con ingreso marginal. Cuando se trata de recursos públicos, sin embargo, la comparación relevante es entre costo marginal y beneficio social.Incluso si el costo de ese asiento adicional fuera cercano a cero, la pregunta relevante sigue siendo otra: ¿cuál es el beneficio marginal para el país de que ese asiento lo ocupe esa persona?Un avión presidencial es un recurso público escaso. Ese asiento podría ser utilizado por un asesor, un funcionario o alguien que agregue valor a la misión oficial. Si lo ocupa alguien sin función pública, el beneficio marginal es, en el mejor de los casos, difícil de justificar.La economía pública siempre recordó algo simple: los recursos del Estado deben asignarse donde generen mayor utilidad social.Por eso el problema no es cuánto cuesta el asiento.El problema es qué beneficio produce para el país ocuparlo.Y en esta discusión quizás haya algo todavía más escaso que los asientos del avión presidencial: la honestidad intelectual.
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