Por Eduardo Luis Aguirre
La reciente encíclica del Papa León XIV y el discurso de uno de los invitados a la misma, el tecnomagnate canadiense Christopher Olah, uno de los fundadores y dueños de Anthropic, la empresa estadounidense de investigación y seguridad en IA, nos proporcionan nuevas incógnitas y prevenciones sobre este descubrimiento fenomenal que traza una línea divisoria en la historia universal. Por una parte, resulta llamativo que sea el líder católico a través de su documento “Magnifica Humanitas” y no los estados o las organizaciones e instituciones internacionales las que se hayan hecho escuchar respecto de las bonanzas y especialmente de los riesgos que se derivan de la IA y propongan controles a las mismas. Sobre todo, porque no faltan las voces que se alzan desde hace tiempo frente a la posibilidad de que una nueva ley de la selva digital pueda perpetrar cambios y transformaciones pero también daños y delitos que comenzamos a imaginar: acoso sexual, prostitución infantil, vigilancia ilegal, espionaje, control y dominación, guerras, dominación de las voluntades electorales, violación de la intimidad, violencia escolar, liberalización y autonomización del funcionamiento de armas de dramática letalidad y alteración de las subjetividades.
Por otro lado, la necesidad de controlar estos desbordes caóticos debería ser un reflejo defensivo de las naciones, conociendo la ideología política de los teóricos de las derechas antidemocráticas que bregan por la creación de “estados tecnológicos”. Sin embargo, se ha anticipado a tomar ese recaudo un joven magnate de 33 años, creador de Claude, un modelo de lenguaje a gran escala (LLM, por sus siglas en inglés), utilizado principalmente para tareas de razonamiento, análisis de datos y programación. Toda una paradoja. En algún momento nos ocupamos del escándalo de Cambridge Analitics, una confesión metafórica del poder de Facebook para intervenir en elecciones y condicionar la dirección de las voluntades y los sufragios. Esto se habría producido durante el Brexit, en los comicios en los que se impusiera Obama y luego Trump y durante el triunfo de Mauricio Macri en las elecciones argentinas. Ese evento debió haber significado una alerta lo suficientemente elocuente como para intentar poner freno a algo que, como caracterización conjetural, podría derivar en un fenómeno mundial seguramente desigual, injusto, cruento y violento e incluso, de la instauración de nuevas tecnologías de disciplinamiento y control. Un nuevo “panoptismo” foucaultiano, concebido esta vez a cielo abierto, porque probablemente en el futuro no va a haber lugar para encerrar a todas las personas, aunque sí existirán los medios de generar una trazabilidad de todas las conductas, sobre todo aquellas que no sean consecuentes con los poderes de turno. El problema amenaza con ser dantesco. El sujeto del neoliberalismo, apolítico, individualista, desapegado de cualquier gesta colectiva o común no se rebela frente a un experimento político que saquea al país, profundiza el odio, menoscaba la soberanía, el patriotismo y los derechos colectivos y legitima la desigualdad. Es probable, en consecuencia, que tampoco se rebele, que ni se le ocurra participar de una reacción social frente a la barbarie, que se desentienda del otro y de su mirada, de sus padecimientos y carencias, de la guerra y los crímenes masivos. La reacción social es un concepto acuñado por diversas corrientes históricas de la criminología, que alude a las diferentes formas de reacción de las sociedades frente al delito. La pena de prisión sigue siendo una de las reacciones más frecuentes frente a la conflictividad. Paradójicamente, ahora nos permitimos preguntarnos por la reacción social de los ciudadanos frente a probables procesos de cooptación, manipulación, dominación, control y destrucción masiva, un nuevo huevo de la serpiente que comienza a generar sus propias retóricas y lógicas. Aquellas con las que ha de someter a millones de personas, empezando por los colectivos más débiles. Aparecerán entonces las nuevas víctimas cuya voz nunca conocimos porque nunca debieron afrontar el fenómeno incontrolable que puede sobrevenir si no se controla democráticamente esta tecnología. Podemos estar ante una nueva esclavitud, nuevos dispositivos de servidumbre, una desocupación sin precedentes o simplemente millones de vidas desnudas dependiendo de una tecnocracia manejada por un puñado de millonarios.
Podemos también imaginar las nuevas perspectivas estatales en la relación seguridad/inseguridad, en una nueva colonial, la intolerancia frente a las diferencias, el racismo, la banalidad del mal y millones de sujetos sin estatuto, divididos por un nuevo campo del ser y del no ser diferente al que enuncia el pensador Ramón Grosfoguel aunque con la misma impronta desbocada del ego conqueror.
La concepción del mundo de los principales referentes de esta nueva derecha no hace más que confirmar los peores pronósticos. Todos ellos son contrarios a la democracia y transhumanistas consumados.
Curtis Yarvin, un intelectual ultra radical cercano a Trump y Vance ha dicho: “Los estadounidenses están un poco sorprendidos por la idea de que el presidente sea el jefe ejecutivo del poder ejecutivo, como dice la Constitución, y que se lo tome en serio. Pero una vez que se toma en serio al ejecutivo, es muy difícil que los sistemas antiguos se opongan a él. Elon Musk puede escribir libremente en Twitter: «Si los burócratas son permanentes y están por encima del gobierno, vivimos en una burocracia y no en una democracia». “La democracia es en realidad el populismo: es la fuerza de las ideas que se extienden fuera de las instituciones, en las calles, aunque no sean aprobadas. Cuando llegamos a la monarquía, vemos que la buena forma de pensar, o la forma en que la monarquía existe como fuerza real, no es Carlos III, sino más bien… Elon Musk”.” Uno de los libros que más me ha influido es francés, aunque lo leí en inglés: Los orígenes de la Francia contemporánea de Hippolyte Taine (1). Su análisis de Napoleón es increíble. En lo que a mí respecta, creo claramente que las personas pueden marcar una gran diferencia y cambiar la historia” “Después de la pandemia, el mundo estaba maduro: había llegado el momento de la monarquía. Necesitábamos un monarca. Después del Covid, el mundo necesitaba a alguien capaz de decir «no» a los virólogos” (2).
“Alex Karp es doctor en filosofía y CEO de Palantir, una empresa que ofrece servicios basados en datos e IA a países de Occidente. Según su perspectiva, el liberalismo está en peligro y la tecnología es la forma de salvarlo.
“Silicon Valley ha perdido el rumbo”, asegura Alex Karp en su libro (coescrito junto a Nichola Zamiska) La República tecnológica. ¿Es Karp un socialista escandalizado por los efectos de las grandes corporaciones sobre los individuos, la política o la desigualdad económica? No; Alex Karp es CEO de Palantir, una de las empresas tecnológicas más grandes del mundo, fundada en 2004 tras la caída de las torres gemelas, pero que se hizo conocida recientemente como brazo tecnológico de distintas operaciones militares y de vigilancia sobre la población.
Las opiniones de Karp deben ser tenidas en cuenta por el dinero que maneja, por el poder de la empresa que gestiona, por los vínculos con distintos gobiernos y por su mirada sobre un mundo en el que opera con herramientas tecnológicas para distintos gobiernos. Solo en EE.UU., colabora con el criticado ICE, con el IRS y con proyectos militares a los que Karp considera fundamentales para salvar a “occidente” de la amenaza china y rusa.
El gobierno delega tareas en la empresa y sus herramientas son la base de una “América posdemocrática”, como la define Francesca Bria y su equipo de investigadores” (3).
Peter Thiel, nuestro visitante en la Argentina, “no es solo un millonario excéntrico. Cofundador de PayPal, Palantir y uno de los primeros inversores de Facebook, es también una de las figuras más controvertidas –es decir, más peligrosas– del capitalismo tecnológico que cada vez domina más ámbitos de la vida democrática de Estados Unidos. Su influencia va mucho más allá de las finanzas: alcanza la ideología, la política y las tecnologías de vigilancia masiva.
En un ensayo de 2009 titulado The Education of a Libertarian, Thiel escribió que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”. La frase resume gran parte de su pensamiento: cree que el progreso exige decisiones impopulares, liderazgos fuertes y, sobre todo, que las mayorías no interfieran en los planes de las élites innovadoras.
Uno de los proyectos más polémicos de Thiel es Palantir Technologies, una empresa especializada en el análisis masivo de datos y la vigilancia predictiva. El nombre proviene de El Señor de los Anillos: las piedras mágicas que permiten ver a distancia. Pero, como en la novela de Tolkien, su uso tiende a corromper” (4).
Palantir ha confeccionado tiempo atrás su propio Manifiesto, un documento político de 22 puntos que termina de aclarar el rumbo que plantean los nuevos señores tecnofeudales por donde pasa la IA. Con una necesaria aclaración. Esta nueva ideación del mundo no es sólo un reducto estadounidense. China tiene su propio Silicon Valey en esta carrera mundializada. China tiene su propio Silicon Valey. Allí operan empresas como Alibaba, Bytedance, Stepfun, DeepSeek y Zhipu que constituyen el nuevo núcleo de poder de la IA china en esta guerra todavía irresuelta. Por si esto fuera poco, la propia India inició, por impulso del gobierno de Narendra Modi, el denominado Proyecto Balgalore, una experiencia de desarrollo tecnológico para lo cual el país multiplicó la cantidad de ingenieros y logró avances por demás significativos, con este mismo modelo de millonarios y mendigos. Por algo la IV Cumbre en materia de IA se realizó en ese país, que marcha a convertirse en la cuarta potencia del mundo. Slavoj Zizek conoció y criticó duramente el proyecto ejecutado en una ciudad de más de 9 millones de habitantes y una brecha social impactante. Es posible encontrar en las redes, en entrevistas y en textos del pensador esloveno su advertencia y su preocupación por lo que habrá de venir.
Pero volvamos al Proyecto Palantir y a lo que ese documento impactante expresa sobre lo que acontece y lo que debería ocurrir en el mundo.
"Silicon Valley ha perdido el rumbo": así comienza el primer capítulo de The Tecnological Republic, el libro en el que Alex Karp expone su visión del mundo. Karp no es un hombre cualquiera. Este multimillonario figura en la lista de las 100 personas más influyentes del mundo, Time 100, elaborada por la revista Time. Es el director ejecutivo de Palantir Technologies, una empresa de software especializada en análisis de datos.
Durante el fin de semana pasado, Palantir publicó un resumen del libro de Karp en 22 tesis, en su cuenta corporativa oficial en X. La publicación se asemeja a un manifiesto político de la empresa, y ha generado un debate considerable entre los entusiastas de la tecnología y la política.
Con estas tesis, Palantir se posiciona como un actor clave en la intersección de la tecnología y la política de seguridad. En términos generales, las tesis se pueden dividir en varias áreas:
Geopolítica y política de seguridad: "La era nuclear está llegando a su fin", afirma, por ejemplo; la disuasión ya no se logrará mediante armas nucleares, sino mediante sistemas de inteligencia artificial (IA). Y es aún más explícito: "La cuestión no es si se construirán armas de IA, sino quién las construirá y con qué propósito". Los adversarios no se perderán en debates teatrales, sino que avanzarán. En otro lugar, Palantir postula la necesidad de instrumentos de poder "duros" con soporte de software: "Se han revelado los límites del poder blando y la retórica grandilocuente". Además, el poder estadounidense ha posibilitado un período de paz extraordinariamente largo. En ocasiones, el manifiesto se vuelve políticamente muy específico: "La castración de Alemania y Japón tras la guerra debe revertirse". Europa, que sigue estando débilmente armada hasta el día de hoy, está pagando ahora un alto precio por el desarme alemán tras la Segunda Guerra Mundial. Y si la "devoción sumamente teatral al pacifismo japonés" continúa, un cambio de poder en Asia es inminente.
La relación entre sociedad y política: Palantir sostiene que, en el discurso actual, está "prohibido" hablar de las distintas historias de éxito de diversas "culturas". Además, Estados Unidos debe resistir la tentación de un "pluralismo vacío y superficial". Ambos puntos coinciden con la ideología MAGA asociada al presidente estadounidense, Donald Trump, y su entorno. Sin embargo, Palantir evita congraciarse descaradamente con Trump, como lo hacen algunos sectores de Silicon Valley. "La psicologización de la política moderna nos desvía del camino correcto", afirma la empresa. Buscar la plenitud en los políticos solo conduce a la decepción. Asimismo, la empresa aboga por la reflexión al triunfar sobre los enemigos, en lugar de la celebración inmediata.
El papel de la industria tecnológica: La relación entre las empresas tecnológicas y el Gobierno estadounidense es un tema recurrente: "Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que propició su auge", es uno de los argumentos centrales. Palantir aboga por ir más allá de las aplicaciones y por una economía tecnológica que siga generando crecimiento y seguridad. "Silicon Valley debe desempeñar un papel en la lucha contra los delitos violentos", afirma la compañía, que vende sus productos a organismos encargados de hacer cumplir la ley en todo el mundo.
El economista y exministro de Finanzas griego Yanis Varoufakis compartió la publicación original adicionando el comentario: "¡Si el mal pudiera tuitear, este sería el contenido!" (5). Yuval Harari ha sido igualmente categórico, sugiriendo que, en un futuro dominado por la inteligencia artificial y la bioingeniería, las personas que no se "actualicen" tecnológicamente podrían volverse económicamente irrelevantes: "En el siglo XXI, aquellos que no se mejoren a sí mismos mediante la tecnología podrían convertirse en una clase inútil. No explotados, sino simplemente innecesarios" (6).
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