Por Eduardo Luis Aguirre
“En contextos de precariedad, la promesa de castigo al otro puede funcionar como sustituto degradado de justicia social. Si no se puede subir, alguien caerá” (1)
4. Año 2020. El año crucial de la Pandemia. Un acontecimiento planetario donde alrededor del 90% de habitantes del planeta resultó afectado, de una u otra forma, con una u otra intensidad. Fue entonces cuando Flavia Costa comenzó a escribir su libro “Tecnoceno” y también el momento en el que, junto a Liliana Ottaviano ensayamos “Escritos urgentes desde la pandemia”. Mientras este trabajo, que exhibía una tapa impresionante elegida por la coautora, nos convocaba a múltiples experiencias académicas remotas, intuí por primera vez que “Sociología del control global punitivo” estaba siendo sobrepasado por la era. De hecho, el primer capítulo de nuestro trabajo registraba el momento preciso donde, con la llegada de los primeros turistas que regresaban contagiados de Europa, se los increpaba en las redes “por haber viajado”, verificándose una novedosa y exaltada sociología de la enemistad. Una enemistad que, en poco tiempo, se convertiría en las “certezas delirantes” que señala en sus artículos Lidia Ferrari. Casi al mismo tiempo, el negacionismo, las primeras escaramuzas de los libertarios “anticuarentena” y los más insólitos disparates se echaban a rodar sobre la etiología del virus. Ya en ese momento, un libro (el mío) escrito en la segunda década de este siglo, comenzaba a ser superado por el aceleracionismo de la época, la obligada prisa de la tecnología médica y farmacéutica y las nuevas formas de prevención y cuidado que eran recibidas como intentos de disciplinamiento y control social. No puedo dejar de evocar un antecedente bibliográfico inmediato, que a su vez se convertiría en la evidencia de una criminología analizada por discursos provenientes de otros saberes. En 2005, Ernesto Laclau publicaba “La razón populista”. Un libro de filosofía política que relevaba la relación entre hipnosis y criminología y además articulaba la relación entre las masas y el positivismo criminológico. Allí Laclau cita a Hippolyte Taine: “En medio de una sociedad desintegrada, bajo un gobierno que ha pasado a serlo sólo en apariencia se poner de manifiesto que se está gestando una invasión, una invasión de bárbaros que se completará mediante el temor, que ha comenzado con violencia y que, como la invasión de los normandos de los siglos X y XI termina con la conquista y la desposesión de toda una clase…” (2) El libro de Taine, que describe los cambios conflictivos producidos en la sociedad francesa, se titula “La Revolución” y es de 1878.
En 2016/2017, según dice Flavia Costa, la OTAN había agregado un cuarto espacio estratégico y bélico. A la tierra, los mares, y el aire -los contextos convencionales del siglo XX- añadió otro territorio hasta entonces desconocido como tal: el ciberespacio.
Por lo tanto, la tecnología y los dispositivos no eran ya una herramienta. Eran un nuevo territorio, una nueva dimensión aceptada del control.
También debemos asumir la obligación inexcusable de afrontar la anticipación como un ejercicio fundamental del pensamiento liberador. Convertirnos en avisadores de incendios. Como Chesterton, Kafka o Adorno. Ello supone nada menos que un compromiso decolonial con el ejercicio emancipatorio de pensar la política y lo político.
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