Por Lidia Ferrari
Quienes pretenden alcanzar la inmortalidad se estarán preparando para extinguir miles de millares de seres pues los inmortales deberán ser algunos pocos, como los del Olimpo. No es concebible una idea de inmortalidad para ocho mil millones de seres que se seguirían reproduciendo. Esta idea tiene muchos puntos flojos que no se interrogan. En principio, parece renegar de la única inmortalidad que como seres vivos poseemos, la de la especie en tanto nos multiplicamos en otros que continúan la vida. El tipo de inmortalidad individual que están supuestamente buscando ocurre en un momento donde las bajas tasas de natalidad y la incidencia de las devastaciones antropogénicas anuncian la posibilidad de la autoextinción de la especie. Si no es completamente delirante la idea de la salvación de algunos para convertirse en inmortales en este contexto, al menos supone una negación radical de la situación en la que se encuentra la humanidad. En el mejor de los casos pretenden vivir dentro de un bunker por la eternidad. De la inmortalidad digital se ocuparán los robots. Pero no nos debe sorprender que lo estén pensando. Las disquisiciones religiosas acerca de la resurrección en los cuerpos gloriosos se debe haber alimentado del mismo deseo de inmortalidad de un Walt Disney o de los señores de Silicon Valley. Lo explica muy bien Freud en ese magnífico texto Lo perecedero. No hay registro de la muerte en el inconsciente. Se trata de una manera de rechazo de la castración que no es desmontable. La mortalidad, lo más propio que poseemos como seres vivos que somos, ha sido esquivada eficazmente a partir de las dimensiones de lo imaginario y lo simbólico que nos constituyen. Con el agravante de la imposibilidad de acceso a lo Real, Real que en el momento menos esperado nos alcanza con su guadaña.
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