Por Eduardo Luis Aguirre
Tecnofeudalismo es una categoría acuñada hace algunos años por Yanis Varoufakis. El concepton especula con el fin del capitalismo y una nueva forma de vasallaje, un nuevo mundo feudal donde un puñado de hipermillonarios se hacen del poder en todo el mundo, desplazando naciones ,instituciones y derechos, sometiéndonos al resto a un estado de desprotección donde no existen más que padecimientos desregulados, como en la Edad Media europea. El libro en el que el economista griego enuncia su tesis es verdaderamente tremendo. En primer lugar, porque es un ensayo completo que intenta indicarnos lo que sucede y lo que va a acontecer en el mundo en tiempos más o menos inmediatos. En las complejidades abstrusas de las nuevas relaciones humanas, el texto se transforma, por esa sola razón, en un aporte teórico oportuno aunque circunscripto. Se trata de una descripción de un futuro letal que habrá de seguirle a la brutalidad sin límites del capitalismo neoliberal. Si la pregunta del momento es qué va a pasar con un mundo cada vez más injusto, las hipótesis de quien fuera ministro por un día en los turbulentos tiempos de la abrupta derrota griega contra la troika, en un cercano año 2015, nos proporcionan varios datos certeros y en buena forma logran reorganizar el pensamiento. Los libros que tienen esa cualidad: siempre abren nuevos senderos en la oscuridad más intensa de una era.
Varoufakis comienza describiendo a su padre, un obrero ateniense singular, que le enseñaba cosas extrañas aunque apasionantes: “«Todo lo que es sólido se funde y se transforma en líquido y, entonces, si se calienta lo suficiente, se convierte en vapor. ¡Incluso los metales!», le decía.
“Mi padre -escribe Varoufakis en “Tecnofeudalismo. El sigiloso sucesor del capitalismo” (1)- no podía contenerse. Lo que yo había presenciado, me explicó, no era simplemente una gran transición —como la de la fundición del estaño—, sino una gran transformación. Por supuesto, el cobre había facilitado nuestra salida de la prehistoria: su capacidad de alearse con el arsénico y el estaño para generar un metal más duro, el bronce, proporcionó a los mesopotámicos, los egipcios y los aqueos nuevas tecnologías —por ejemplo, nuevos arados, hachas e irrigación —, lo que con el tiempo les permitió producir grandes excedentes agrícolas que financiaron la construcción de templos espléndidos y la formación de ejércitos asesinos. Pero, para que la historia avanzara lo suficiente como para dar lugar a lo que hoy llamamos civilización, la humanidad necesitaba algo mucho más duro que el bronce. Demandaba que sus arados, sus martillos y sus estructuras metálicas tuvieran la dureza de la punta de mi espada. Necesitaba aprender el truco que yo había visto en nuestro salón: cómo transformar el hierro blando en acero endurecido «bautizándolo» en agua fría. Las comunidades de la Edad del Bronce que no aprendieron a bautizar el hierro perecieron, insistió papá. Las espadas de sus enemigos acorazados atravesaban sus escudos de bronce, sus arados no lograban cultivar los suelos menos fértiles, las estructuras metálicas que soportaban sus presas y templos eran demasiado débiles para satisfacer las aspiraciones de arquitectos ambiciosos. En cambio, las comunidades armadas con el arte (la téchnē) de «acerar» el hierro prosperaron en los campos de cultivo, los campos de batalla, el mar, el comercio y las artes. La magia del hierro sustentó el nuevo papel de la tecnología como fuerza motriz que condujo a la civilización y a sus insatisfacciones”. Podemos comprender sin esfuerzo en la cita una clara y categórica descripción del cambio en las relaciones y modos de producción y explotación a lo largo de la historia. El papel decisivo de la técnica relatado con una exquisita precisión donde el hierro, “como todas las tecnologías revolucionarias, había acelerado la historia”. La pregunta que se hace el autor es hacia dónde, en qué dirección y con qué fin. Es una pregunta crucial, que enuncia interrogantes que bien podríamos adecuar a estos tiempos turbulentos.
Varoufakis recuerda que en 1993, ya caída la Unión Soviética y colapsados los socialismos reales llegó a su casa de Paleo Faliro con uno de los primeros módems, un aparato tosco, para conectar su ordenador al incipiente internet. «Esto es algo revolucionario», le dijo sorprendido su padre, el viejo y nostálgico comunista. “Mientras intentaba conectarse a un lentísimo proveedor griego de internet, me hizo la difícil pregunta que acabó inspirando este libro: «Ahora que los ordenadores hablan entre sí, ¿conseguirá esta red que el capitalismo sea imposible de derrocar?, ¿o bien revelará por fin su talón de Aquiles?». Segunda aportación señera de ese padre de inagotable curiosidad, hecha ahora en forma de pregunta, como no podía ser de otra manera.
Cuando el joven Yanis creyó tener la respuesta, su padre tenía más de 90 años y ya no podía atender sus explicaciones. Al poco tiempo, el anciano murió. El griego lo evoca íntegramente, en tiempo presente, incluyendo desde luego las respuestas a aquellas preguntas inaugurales.
“Al final, papá, ése fue el talón de Aquiles del capitalismo: las tecnologías digitales en red que el propio capitalismo había generado se volvieron contra él. ¿El resultado? Ahora la humanidad está controlada por algo que sólo se me ocurre describir como una forma tecnológicamente avanzada de feudalismo. Un tecnofeudalismo que, sin duda, no es lo que habíamos esperado que sustituyera al capitalismo. Imagino que estás desconcertado, papá. Dondequiera que miremos ahora, el capital triunfa. Por todas partes surgen nuevos monumentos a su poder —algunos físicos, en las ciudades y los paisajes, y otros digitales, en las pantallas y en nuestras manos—. Mientras, quienes carecen de capital se hunden cada vez más en la precariedad y nuestras democracias se arrodillan ante los deseos del capital. ¿Cómo me atrevo entonces a imaginar siquiera que el capitalismo va a desparecer pronto; que está siendo reemplazado? ¿He olvidado acaso que nada fortalece más al capitalismo que la ilusión de que está evolucionando y convirtiéndose en algo nuevo: una economía mixta, un estado del bienestar, una aldea global?”.Un cuarteto interesante emerge en este tramo del libro. El intelectual,la técnica,el tecnofeudalismo y un viejo. El intelectual no abandonó ni sus preguntas por la evolución de la técnica ni a su anciano padre. El tecnofeudalismo, la expresión más violenta del nuevo vasallaje descarta a millones, sobre todo a los viejos, que no solamente son los que pierden antes su derecho sino que son los primeros en desaparecer y con ellos, desaparecen sus derechos. Y si no lo hacen sólo les queda penar frente al olvido. Como carecen de capital se hunden inexorablemente en la precariedad. Como no pueden adaptarse a la nueva realidad de la nube, ni recurrir al doble trabajo, ni tampoco mudar de empleo. Están conducidos a un futuro inexorablemente abismal. Se trata de una respuesta en ciernes que avanza sobre los grandes interrogantes de un presente vertiginoso. Son las nuevas reglas de la técnica, nuestro cuarto elemento. La que dominan magnates de un poder sin precedentes, que naturalizan la muerte, la pobreza y el sufrimiento humano. Que proyectan viajar al espacio con el mismo desvarío con el que se plantean crear civilizaciones insularizadas de megamillonarios. Mientras tanto, hace rato que el hierro cumplió su ciclo, como las fábricas y las utopías socializantes. Cincuenta breves años de estado de bienestar, de justicia social, son ahora aplanados, avasallados por una nueva forma de poder. Llamémosla, finalmente, tecnofeudalismo. Nos conforme o no la expresión. Rescatemos su audacia para prefigurar el mundo que viene. Un mundo donde hay capitalistas de la nube, pero también siervos de la nube. En palabras del autor: “Esto no tiene precedentes. Los empleados de General Electric, Exxon-Mobil, General Motors o cualquier otro gran conglomerado perciben en sueldos y salarios alrededor del 80 por ciento de los ingresos de la empresa. Esta proporción aumenta en las empresas más pequeñas. En cambio, los trabajadores de las grandes tecnológicas perciben menos del 1 por ciento de los ingresos de sus empresas. La razón es que la mano de obra asalariada sólo realiza una fracción del trabajo del que dependen las grandes tecnológicas. La mayor parte lo realizan miles de millones de personas de forma gratuita. Por supuesto, la mayoría de nosotros elegimos hacerlo, incluso lo disfrutamos. Al parecer, difundir opiniones y compartir detalles íntimos de nuestra vida con nuestras tribus y comunidades digitales satisface alguna perversa necesidad expresiva. Sin duda, durante el feudalismo, los siervos que trabajaban duramente las tierras ancestrales sufrieron grandes penurias, pero aun así les habría parecido indeseable, por no decir incomprensible, que les arrebataran su forma de vivir, su cultura y sus tradiciones compartidas. Con todo, la cruda realidad era evidente: al final de la cosecha, el terrateniente enviaba al sheriff para llevarse la mayor parte de la producción, sin pagar a los siervos ni un céntimo. Lo mismo sucede con los miles de millones de nosotros que producimos involuntariamente capital en la nube. El hecho de que lo hagamos de manera voluntaria, incluso con gusto, no quita que seamos fabricantes no remunerados; siervos de la nube cuyo duro trabajo cotidiano, fruto de su iniciativa, enriquece a un pequeño grupo de multimilmillonarios que residen en su mayoría en California o Shanghái. Éste es el quid. La revolución digital puede que esté convirtiendo a los trabajadores asalariados en proletariados de la nube, con vidas cada vez más precarias y estresantes, controladas por jefes algorítmicos” (p.83).
Los nuevos siervos algorítmicos, los trabajadores precarizados de la nube son millones. La nueva vida digital incluso va prefigurando ganadores y perdedores al interior de ese universo. Todos ellos son precarios. Trabajen para una pequeña empresa, para una multinacional global o pedaleen sin cesar repartiendo pedidos. Esos nuevos siervos, además, reivindican su condición, aunque la misma dependa de la lozanía del músculo, no se permiten la idea de coalición alguna, son empresarios de sí mismo y se asumen como el producto de un esfuerzo que reconoce el implacable tiempo presente. Los que no ingresan en ese nuevo mundo clasificado, los que hasta ahora conservan para sí y para los suyos lo que resta de un estado social que se resquebraja apresuradamente, son asalariados en estado de permanente y renovada amenaza y zozobra. En un mundo donde la expectativa de vida crece sin parar, los viejos son uno de los eslabones más débiles de la cadena. Como el padre de Varoufakis, deben formularse muchas preguntas sobre un nuevo sistema que hace las veces del nuevo Minotauro al que refiere el libro. Lo tremendo es que están siendo arrinconados hacia un estado de permanente necesidad.Sus pensiones son míseras, su protección social tiende a decaer aceleradamente, sus vínculos se vuelven abandónicos y esporádicos,su dignidad es mancillada, su decrepitud exaltada como un problema, su muerte argumentada por funcionarios oficiales como un producto de la irremediable fatalidad del universo, como una especulación que libera a los estados de un gasto inútil. Son los nuevos dolientes del supuesto vasallaje. No estos seguro que el capitalismo vaya a desaparecer. Ni siquiera con el mayor auge algorítmico. Sí creo que el sistema mundo que viene sabe perfectamente quiénes encabezan las filas de los sujetos a descartar. Lejos de generarle preocupación, esa verificación empírica no preocupa a los nuevos dueños del mundo. Al contrario, los regocija en su crueldad.
Recibí todas las novedades de Derecho a Réplica