Por Lidia Ferrari (*)


Jamás hubiera pensado que mis reflexiones en ‘La niña de TikTok y los estragos de la pantalla’, publicada en la revista #lacanemancipa, podrían continuarse de esta manera. Una niña de 10 años falleció en Sicilia por asfixia producida por ella misma mientras intentaba vencer en un desafío que circula en TikTok y otras redes. Vence el que más puede durar sin respirar, así de sencillo. Ella dejó de respirar.



El padre dice en una entrevista “Me pidió un cinturón, quería ser la estrella de TikTok.(...) Quería ser la reina, la estrella de TikTok y lo logró. Terminó tal como ella quería ". La pequeña había recibido un teléfono celular, que ahora fue incautado, como regalo por su décimo cumpleaños. Continúa la nota: “A pesar de su muy corta edad, Antonella era muy activa en las redes sociales: resultó que tenía decenas de perfiles de Instagram, Facebook y TikTok, y sus padres, que le habían regalado un teléfono celular en su décimo cumpleaños, lo sabían. "Ella siempre robaba el teléfono celular de su madre y descargaba TikTok. Así que nos dimos por vencidos. Bailaba y cantaba, descargaba tutoriales para maquillarse o peinarse. Quería ser esteticista cuando creciera. Publicó estos videos en TikTok y - dice el padre - ella también era una niña muy obediente. Tanto es así que nunca tuve la necesidad de revisarla y de hecho nunca tomé su celular para ver qué estaba haciendo. Porque no había secretos entre nosotros. Es la regla de la familia: se cuenta todo y todos se ayudan".

Se está haciendo una indagación sobre instigación a suicidio y bloquean TikTok para quienes no han confirmado la edad. Todos sabemos que las restricciones de edad no se respetan. Por otro lado, son los mismos padres los que autorizan a los niños, cuando no les construyen su propio perfil. En mi texto “La niña de TikTok y los estragos de la pantalla” se veía muy bien que los padres eran impotentes frente a la exigencia de la niña de participar en TikTok. Lo dice este padre con su hija muerta de diez años: ‘nos dimos por vencidos’ y le regalan un celular cuando cumple 10 años. ‘Padres impotentes’ sería un sintagma revelador de estos tiempos. Las redes sociales y sus plataformas son omnipotentes, no dejan espacio para ninguna intervención que pueda hacer corte con ellas. Debemos hacer acto de conocimiento del tipo de sujetos que se está construyendo a través de esta omnipotencia del Otro de la tecnología.

Si la lógica es convertirse en estrella en el firmamento de TikTok o cualquier otra red social; si el objetivo es multiplicar los likes pues se corresponde con la única opción para acceder a este firmamento; si son millones que tienen el mismo propósito, pues pareciera ser un ideal hegemónico, es simple matemática concluir que ser una estrella supone millones que te sigan y que ese lugar es para unos pocos. Cuando todos comparten el mismo objetivo una de las formas de tener chances de lograrlo es disparar siempre más alto, ofrecer algo extremo y que nadie pueda alcanzar. Es la lógica de los desafíos extremos de las redes sociales. Y son niños los que están siendo atraídos por esta lógica.

Es el Otro, el mundo en el que advenimos quien nos presenta los ideales que promueven nuestros deseos y acciones. Estos ideales que nosotros, los de más edad no comprendemos, es porque hemos sido formados con otros marcos narrativos que han causado y alojado nuestros deseos. Es cierto que no todos los niños son como la niña muerta, pues desconoceríamos su singularidad, pero la singularidad se construye en relación al Otro y, sobre todo, para los niños que están en tren de construir su singularidad. Estamos obligados a prestar atención a ese submundo en el cual los padres son impotentes; ese submundo que se dirige a los niños y adolescentes, que les habla, les dirige la atención, les exige un protagonismo que no son capaces de sostener.

Cualquiera que mire algún video de facebook sabe que fluyen inmediatamente otros videos, que no podemos suspender pues se descargan automáticamente. Así, nos vemos capturados por imágenes que no iríamos a buscar. Dentro de esos videos que se disparan solos, hay muchísimos de mujeres maquillándose. En el centro de la ciudad en que vivo los últimos años se pobló de perfumerías que venden artículos de maquillaje. Al principio estaba perpleja porque desalojaban negocios importantes. En menos de 200 metros había cinco casas nuevas de ventas de maquillaje. Ahora lo comprendo, las niñas y jóvenes están siendo invadidas por videos de cómo maquillarse para que compren artículos de make-up. No es casual que suceda en una época de predominio de las selfies. Es la propia imagen que protagoniza toda la existencia, por lo tanto, saber cómo maquillarse es parte de una de las formas de dominación sobre, en este caso, lo femenino. Pero también los varones están sometidos a esta esclavitud de la propia imagen. La niña de Palermo quería ser esteticista, es decir, dedicarse al maquillaje del rostro, eso que denominan como asesor de imagen. Si pensamos que la tecnología no tiene deseos u objetivos, sí podemos ver que su aplicación está teniendo como finalidad (buscada o encontrada) la adoración de la propia imagen. Por lo menos es una tecnología a su servicio. No podemos dejar de esperar que una consecuencia para la subjetividad de esta época sea una inflación del Yo ideal. El psicoanálisis ha pensado diferencias en la estructuración psíquica en relación a la distancia que haya entre Yo ideal e Ideal del Yo. Esta niña estaba exigida de alcanzar la mínima distancia entre el ideal (ser una Star de TikTok) y ella misma. Lo siniestro de este asunto es que el padre, el mismísimo padre, dice que lo logró. Es decir, ser famosa, que todos hablen de ella. Quizás deberíamos analizar los condicionantes de esta época a la constitución deseante de la infancia. La OMS dice que en 2022 incluirán en la lista de trastornos adictivos a los video juegos. Pero para este reinado del sin tiempo que habitamos, 2022 nos parece muy lejano. Son épocas que intentan quemar etapas en la constitución subjetiva. No hay tiempo es la síntesis de lo que vivía la niña de 10 años que alcanzó la muerte. No tenía tiempo para crecer y convertirse en una estrella. Debía ser ahora mismo.

Algunos piensan que se trata de casos aislados, que no hay que preocuparse y que siempre hubo transformaciones materiales de la sociedad que eran recibidas mejor por las generaciones más jóvenes. De todos modos, son los adultos los que deben ocuparse de los niños y, por lo que se está viendo, se sienten impotentes para ello. La maquinaria tecnológica sólo funciona con el combustible de los likes, cuyo valor desmesurado proviene de que se traducen en dinero. Esa maquinaria tiene el terreno libre para conformar estos niños inteligentes, obedientes, amorosos que quedan cooptados por ella. Los adultos, sean padres, gobernantes, educadores, psicoanalistas, funcionarios, ministros, etc. quedan todos reducidos a la impotencia frente a la omnipotencia de esta maquinaria tecnológica que posee, eso sí, dueños adultos que la usufructúan para su beneficio.

(*) Psicoanalista y escritora.