Por Eduardo Luis Aguirre


Las provincias, de pie. Las Provincias Unidas de pie. Una vez más, después de dos siglos, emerge institucionalmente el prejuicio abisal que enfrentó a civilizados y bárbaros. Creímos, durante mucho tiempo, que ese antagonismo quedaba reservado para la vieja manualística conservadora de las escuelas primarias. Pero de pronto, con la misma pedagogía sesgada con la que nos formaron, reaparece una conflictividad que a algunos puede llamar la atención y a otros no tanto. Entre estos últimos, un número cada vez más importante de militantes y pensadores nacionales comenzó a analizar si un resabio de la crisis no saldada de la argentinidad no seguía radicando en el incólume peso específico del puerto. De la ciudad cuya burguesía europeísta y arriñonada al contrabando no se oponía descaradamente a las gestas libertarias sangrientas que gauchos e indios, a la sazón, “bárbaros” disputaban por la libertad y la unión de lo que finalmente sería este país.



El capital conducido por crueles timberos y delirantes libertarios la ha vuelto a emprender contra el país real. Se pronuncia el sur, pero también la pampa húmeda, y las provincias petroleras y mineras, el Noa y el NOE. Quizás algunos no alcancen a observar la importancia de esta fragmentación en ciernes. Aunque es raro: algunos políticos ya comienzan a hablar de disolución nacional o guerra civil. Puede que estemos frente a una malversación apresurada de estas probabilidades. Pero, en todo caso, la política es, fundamentalmente, la capacidad de anticiparse a la realidad a partir de un conocimiento lo más afiatado posible del mundo.

Hemos seguido desde siempre este proceso cultural de disgregación cuya materialidad aparece ahora en toda su magnitud. Todos recordarán dos presidentes que tributaban a sus respectivos visitantes europeos su concepción colonial. Desde el querido Rey hasta nuestra supuesta descendencia de los barcos.

El 30 de octubre de 2018 ensayábamos en esta misma hoja un aviso crucial, aunque premonitorio: ”Las batallas de Caseros y Pavón produjeron dos consecuencias que sellaron la suerte futura de la Argentina. Buenos Aires promovió la libre navegación de los ríos interiores, lo que significó lisa y llanamente la habilitación del ingreso de las mercancías británicas que destruirían las incipientes industrias criollas del interior, y la apropiación de hecho del puerto estratégico.

Las dos medidas fueron cruciales para determinar el perfil de un país asimétrico y profundamente unitario, pese a la letra muerta de las constituciones y tratados subsiguientes. Esa situación de marcada asimetría impidió la integración y armonización equitativa de la Argentina y marcaron a fuego las contradicciones futuras entre la capital y las provincias. Más allá de la apropiación de la renta aduanera, el desarrollo inequitativo, las formas injustas de coparticipación de impuestos o las complejidades demográficas que todavía nos jaquean, el unitarismo se alzó también con un triunfo cultural que en los últimos años han vuelto a poner en el tapete estos decisivos antagonismos. Desde Juan José Sebrelli, que consideraba al folklore como un resabio en retirada de una ruralidad atrasada hasta un atildado funcionario que advertía sobre los riesgos de que en un futuro a este país lo gobernara un argentino de tierra adentro, los ejemplos son múltiples. El racismo, el desprecio marcado y la ignorancia supina por el país real, la asunción de una superioridad asumida desde una suerte de cantón suizo que mira por sobre los hombros al resto de un enorme país que ignoran, los grandes productos culturales que se afianzaron luego del perfil exportador y profundamente porteño constituyen una evidencia actual de esas relaciones de subordinación y supraordinación que deberían ir llegando a su fin, por el bien y la supervivencia de la patria”.

El 1 de junio de 2022, insistíamos, porque sabíamos que la alianza entre la burguesía porteña y eurocéntrica, la oligarquía y el impero de turno, el que no necesita de anexiones, aunque por las dudas especula con las mismas, iba tomando una formato y una densidad acelerada: “La ciudad puerto, heredera de la aldea campeona del contrabando y eterna tributaria de Europa, su burguesía y el crecimiento prohijado por una oligarquía rampante siguen siendo un problema que ahora sume singularidades novedosas en el ámbito sensible de las disputas culturales”.

 Por eso mismo, en junio de 2021 insistimos con un tema en apariencia anacónico: “Aquí quiero intercalar una añosa frase de Norberto Galasso, a la hora de describir la desinterpretación que del peronismo –en tanto frente nacional capaz de resumir nuestra identidad nacional- han hecho históricamente las izquierdas y las derechas liberales: “Estas interpretaciones parten de una apología –en mayor o menor medida- respecto a la Argentina anterior al 4 de junio de 1943 subordinándose a la óptica mitrista según la cual habría sido "un gran país blanco y europeizado", “ajeno a la barbarie latinoamericana” y que ocupaba “un lugar importante en el concierto de las naciones del mundo” (2) (  Peronismo y Liberación Nacional (1945-1955), en Cuadernos para la otra historia, disponible en https://nomequieroolvidar.files.wordpress.com/2010/11/peronismo-y-liberacic3b3n-nacional-1945-1955.pdf)

Finalmente, el 13 de diciembre de 2023, cuando ya existían indicios de que el gobierno nacional podía intentar una subordinación a las provincias desde su misma perspectiva porteñocéntrica y antinacional, escribimos un último artículo del que escogemos apenas un párrafo: “Hay una suerte de mito del eterno retorno en esta circularidad. El capitalismo, en la Argentina, además de su impiadosa capacidad de generar sufrimiento, siempre se va al pasto en su amenaza de regresar al día anterior a Caseros”.

Pues bien, sumidas en el estrago que propicia la sinrazón, las provincias se ven frente a un escenario acaso impensado, que encima se permite amenazas y una lamentable seguidilla de amenazas. No nos engañemos. Ni siquiera la más rápida y límpida de las soluciones constitucionales va a poder expulsar las fuerzas exógenas, financieras, culturales y militares que se abaten sobre un país que algunas potencias, en sus cartografías, señalan como desierto en sus tramos australes. La entrega, el desvarío, el diseño institucional y la aquiescencia mayoritaria nos colocan en un umbral peligroso. Pocos países cambiaron sus mapas en nuestra región en los dos últimos siglos. Pero Europa está cerca. Mucho más cerca de lo que pensamos. Si hablamos de balcanización, entonces, creo que no quedarán dudas de los riesgos que asumimos.

Imagen: Ambito.com