Por Eduardo Luis Aguirre

 


Acuciado por una multiplicidad de problemas, externos e internos, el descafeinado socialismo español que conduce el Presidente del Gobierno Pedro Sánchez ha ido asumiendo medidas que lo reconcilian con sus tradiciones ideológicas, para regocijo de sus aliados de Unidas-Podemos y las evocaciones oportunistas (un verdadero golpe bajo) del Partido Popular y la anomalía política que encarna VOX desde la ultraderecha, ambos sin respuestas políticas frente a los anuncios.

En rigor, Sánchez venía siendo corrido por izquierda por el incansable trajinar y la adopción de medidas radicales de su ministra de trabajo Yolanda Díaz, hoy posicionada como una de las más respetadas emergentes de la formación morada y de la coalición y una aspirante seria a llegar a la Moncloa. Desde los planes sociales anunciados en plena pandemia hasta las medidas para aumentar de manera inusual el empleo de los españoles en tres millones de plazas, algo comenzaba a moverse a la izquierda del volátil mandatario. El momento indicado para que el jefe de estado se pusiera a tono con las medidas anunciadas e hiciera un guiño claro a Unidas Podemos era el debate sobre el estado de la nación en el Congreso de los Diputados, un acontecimiento más que interesante que también ha conservado la constitución peninsular, mientras sostiene el peso inexplicable de una monarquía fatal.

Estamos acostumbrados, en épocas de hegemonía neoliberal, que las medidas de la centroizquierda, en todo el mundo, se comporten de manera sinuosa, oscilante y dubitativa. La mayoría de esas medidas no se metían con los intereses concretos de los sectores dominantes y eran una competencia serial de ejercicios epidérmicos en materia de derechos civiles y políticos de dudosa prioridad. Casi nunca una decisión gubernamental, en estos años de socialismo, impactaba en las efectividades conducentes de la materialidad económica y social de un país cada vez más injusto.

Pero hace 24 horas, Sánchez decidió pegar un esperado volantazo. O quizás no le quedaba más alternativa que hacerlo ante lo que asomaba como una futura derrota en las próximas elecciones generales. El ejemplo de Andalucía fue un cachetazo cruel para el PSOE y de esas derivas no es fácil volver. Aunque haya decidido avanzar con este paquete justo cuando Jamie Dimon, el banquero más poderosos del mundo, haya advertido que la economía mundial marcha hacia un descalabro de proporciones incalculables.

Como fuera, Pedro Sánchez, en medio de una realidad de máxima complejidad, decidió avanzar. Impuesto extraordinario a la banca, a las compañías eléctricas, cuyas tarifas se han convertido en uno de los principales problemas de los españoles de a pie, justo en un momento de crisis energética que está lejos de terminar, al menos mientras dure el sometimiento de la Unión Europea a la política belicista anti rusa promovida por los Estados Unidos, bonificaciones al transporte y un aumento de las becas. Claro que el madrileño no ha tomado el Palacio de Invierno, pero también es cierto que recién a partir de estas decisiones ha consolidado en parte su legitimidad.

Recuerdo que el primer encuentro bilateral de Alberto Fernández fue justamente con Pedro Sánchez. Muchos pensaron en un alcance meramente protocolar del encuentro, porque la Europa latina estaba justamente en un período de marcado retroceso. Tal vez no haya sido así. Tal vez, ahora, Fernández tenga a mano un precedente que lo anime a adoptar las resoluciones que en la Argentina lucen impostergables.