Por Lidia Ferrari


Giorgia Meloni representa un discurso hecho en los cuartos del Poder que hace creer que hay un poder -malvado que va a derribar los verdaderos valores de nuestra sociedad- en la defensa por los derechos civiles de las minorías o en las medidas de protección de los débiles. Erige allí un Poder al que hay que resistir y se erige ideológicamente en un polo de resistencia a ese poder supuesto.

La creación más importante de estos tiempos es haber hecho creer que reside allí la lucha por el poder en nuestras sociedades. Se enardecen multitudes con estos discursos que se presentan con el formato de la resistencia al poder, a pesar de que son construidos desde el poder mismo. Entonces ¿Dónde está el poder, si cada uno está persuadido de que el Poder al que hay que resistir está en el otro? Ese poder está oculto, de modo astuto está construyendo con los poderes narrativos colosales que posee estas polarizaciones discursivas. Pero la operación más vil y vergonzosa es que desde los discursos de estas derechas neoliberales se sanciona la legitimidad de perseguir a los débiles, a los excluidos de la sociedad. Este, me parece, es el rasgo más infame de esta derecha que ha olvidado, a pesar de declamar su cristianismo, las más elementales enseñanzas de la caridad cristina. Este es el daño más grande al tejido narrativo de nuestras sociedades, legitimar una guerra a los pobres.

Construir en el débil, el más frágil de la sociedad un enemigo al que se legitima poder odiar. No es de extrañar que todo lo que rememore socialismo, comunismo sea bastardeado y perseguido. Es que se sabe que en sus discursos retornan los principios de igualdad, solidaridad y justicia, principios que pretenden cancelar en la narrativa contemporánea. Pero el odio, la segregación, el racismo se pueden neutralizar con otros discursos. Es la operación con la palabra por excelencia tal cual se diseminó en los inicios del cristianismo. La hegemonía de un discurso socialista o cristiano que reivindica la asistencia al débil o la lucha por la justicia y la igualdad provocaría un límite a los discursos de odio o que reivindican la desigualdad. El problema es que han impuesto a partir del monopolio de los medios de comunicación discursos aberrantes solicitando el odio a los débiles, a los otros. Es decir, han inoculado esos discursos segregacionistas a multitudes frágiles y débiles, haciéndoles creer que así se oponen a poderes que los oprimen.