■ Están invitados a participar de estas jornadas los trabajadores, profesionales (sean o no juristas), estudiantes, funcionarios, magistrados de las agencias judiciales, operadores de los distintos poderes de todo el país y de la región latinoamericana, militantes de organizaciones sociales y colectivos interesados. ■ Las jornadas tienen un enfoque participativo y se invita a que los asistentes ponencias para su exposición y debate en las comisiones. Se recibirán ponencias  a la dirección Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. hasta el día 7 de mayo de 2013. Las mismas no podrán exceder de 15 carillas, tamaño A4, interlineado normal, y los presentantes deberán exponer sus trabajos en un plazo máximo de quince (15) minutos. ■ Para conocer el programa completo y los ejes de discusión de las Jornadas puede descargarse el folleto de convocatoria en este archivo (pdf).■ Se otorgarán certificados diferenciados para ponentes y simples asistentes. Para registrar la inscripción (abierta y gratuita) a las Jornadas debe completar el formulario al que se accede a través de este link


Temario


9 de mayo | 16.00 Hs. 

Conferencia de Apertura: Dr. Eduardo Aguirre (Defensor General de la Provincia)

Comisión N° 1: Sistema adversarial y medidas de coerción. Puesta en práctica y evaluación político criminal ¿Problemas de implementación o asignaturas pendientes en materia de elaboración de una política criminal unitaria?

Comisión N° 2: ¿Cuánto queda todavía en pie del paradigma inquisitivo.?  Temas y problemas. Lógicas de los operadores y derechos de los justiciables

10 de mayo | 16,30 Hs. 

Panel único: Propuesta de revisión de decisiones judiciales por jurados populares. Debate y desarrollo de las consignas del programa


(Discurso pronunciado por Piotr Kropotkin en Paris el 20 de diciembre de 1877)


Introducción:Tras el problema económico y tras el problema del Estado, quizás el más importante de todos sea el que concierne al control de los actos antisociales. La distribución de justicia fue siempre el principal instrumento para crear derechos y privilegios, pues se basaba en sólidos fundamentos de derechos constituidos; el problema de lo que ha de hacerse con los que cometen actos antisociales contiene en consecuencia en sí el gran problema del gobierno y del Estado.
Es hora ya de que nos preguntemos si la condena a muerte o a la cárcel son justas.
¿Logran el doble fin que se marcan como objetivo, el de impedir la repetición del acto antisocial y (en cuanto a las cárceles) el de reformar al infractor?

Son graves cuestiones. De la solución que se les de depende no sólo la felicidad de miles de presos, no sólo el destino de mujeres y niños asolados por la miseria, cuyos padres y maridos no pueden ayudarles desde detrás de sus rejas, sino también la felicidad de la especie humana. Toda injusticia cometida contra un individuo la experimenta, en último termino, todo el conjunto de la especie.
He tenido ocasión de conocer dos cárceles en Francia y varias en Rusia, y diversas circunstancias de mi vida me han llevado a volver a estudiar las cuestiones penales, y creo que es mi deber exponer claramente lo que son las cárceles: relatar mis observaciones y mis ideas, resultado de ellas.
1. La cárcel como escuela de delito.
Cuando un hombre ha estado en la cárcel una vez, vuelve. Es inevitable, las estadísticas lo demuestran. Los informes anuales de la administración de justicia penal de Francia muestran que la mitad de los que comparecen ante los jurados y dos quintas partes de los que anualmente comparecen ante los órganos menores por faltas reciben su educación en las cárceles. Casi la mitad de los juzgados por asesinato, y tres cuartas partes de los juzgados por robo con allanamiento son reincidentes. En cuanto a las cárceles modelo, mas de un tercio de los presos que salen de estas instituciones supuestamente correctivas vuelven a ser encarcelados en un plazo de doce meses después de su liberación.
Otra característica significativa es que la infracción por la que el hombre vuelve a la cárcel es siempre mas grave que la anterior. Si antes era un pequeño robo, vuelve ya por un audaz robo con allanamiento. Si la primera vez le encarcelaron por un acto de violencia, lo más probable es que vuelva luego como asesino. Todos los tratadistas de criminología coinciden en este punto. Los ex-presidiarios se han convertido en un grave problema en Europa. Y ya sabemos como lo ha resuelto Francia: decretando su destrucción total por las fiebres de Cayena, un exterminio que se inicia en el viaje.
2. La Inutilidad de las cárceles.
Pese a todas las reformas hechas hasta el presente, pese a los experimentos de los distintos sistemas carcelarios, los resultados son siempre los mismos. Por una parte, el número de delitos contra las leyes existentes ni aumenta ni disminuye sea cual sea el sistema de castigo. En Rusia se ha abolido la flagelación y en Italia la pena de muerte, sin que variara el número de crímenes. La crueldad de los jueces puede aumentar o disminuir, la crueldad del sistema penal jesuítico cambiar, pero el número de actos considerados delitos se mantiene constante. Sólo le afectan otras causas que brevemente enunciaré.
Por otra parte sean cuales fueren los cambios introducidos en el régimen carcelario, el problema de la reincidencia no disminuye. Esto es inevitable; así ha de ser; la prisión mata todas las cualidades que hacen al hombre adaptarse mejor a la vida comunitaria. Crea el tipo de individuo que inevitablemente volverá a la cárcel para acabar sus días en una de esas tumbas de piedra que tienen grabado: «Casa de detención y corrección».
A la pregunta “¿Qué hacer para mejorar el sistema penal?», sólo hay una respuesta: nada. Es imposible mejorar una cárcel. Con excepción de unas cuantas mejoras insignificantes, no se puede hacer absolutamente nada más que demolerla.
Podría proponer que se pusiese un Pestalozzi al frente de cada cárcel. Me refiero al gran pedagogo suizo que recogía niños abandonados y hacer de ellos buenos ciudadanos.
Podría proponer también que substituyesen a los guardias actuales, ex soldados y ex policías, sesenta Pestalozzis. Aunque preguntareis:
«¿Dónde encontrarlos?»… Pregunta razonable. El gran maestro suizo rechazaría sin duda el oficio de carcelero, pues, el principio de toda cárcel es básicamente malo porque priva al hombre de libertad.
Privando a un hombre de su libertad, no se conseguirá que mejore. Cultivaremos delincuentes habituales, como ahora mostraré.
3. Los delincuentes en la cárcel y fuera.
Para empezar, tengamos en cuenta que no hay preso que considere justo el castigo que se le aplica. Esto es en si mismo una condena de todo nuestro sistema judicial. Hablad con un hombre encarcelado o con un gran estafador. Dirá: «Aquí están los de las pequeñas estafas, los de las grandes andan libres y gozan del público respeto». ¿Qué responder, sabiendo que existen grandes empresas financieras expresamente dedicadas a arrebatar los últimos céntimos de los ahorros de los pobres, y cuyos fundadores se retiran a tiempo con botines legales hechos a costa de esos pequeños ahorros? Todos conocemos esas grandes empresas que emiten acciones, sus circulares falsas, sus inmensas estafas. ¿Cómo no dar al preso la razón?
Y el hombre encarcelado por robar una caja fuerte, te dirá: «Simplemente no fui bastante listo; nada mas». ¿Y qué contestarle, sabiendo lo que pasa en sitios importantes, y cómo, tras terribles escándalos, se entrega a esos grandes ladrones el veredicto de inocencia?
Cuantas veces se oirá decir a los presos: «Son los grandes ladrones los que nos tienen aquí encerrados; nosotros somos los pequeños». ¿Cómo discutir esto cuando los presos saben de las increíbles estafas perpetradas en el campo de las altas finanzas y del comercio. Cuando saben que la sed de riquezas, adquiridas por todos lo medios posibles, es la esencia misma de la sociedad burguesa? Cuando ha examinado la inmensa cantidad de transacciones sospechosas que separan a los hombres honestos (según medidas burguesas) y a los delincuentes, cuando ha visto todo esto, tiene sin duda que creer que las cárceles son para torpes, no para delincuentes.
Esta es la norma respecto al mundo exterior. En cuanto a la cárcel misma, no hace falta extenderse mucho en ello. Sabemos bien lo que es. Sea respecto a la comida o a la distribución de favores, en palabras de los presos, desde San Francisco a Katmchatka: «Los mayores ladrones son los que nos tienen aquí, no nosotros».
4. El trabajo en la cárcel.
Todos conocemos el influjo dañino de la ociosidad. El trabajo realza al hombre. Pero hay muchos trabajos. El trabajo del libre hace sentirse parte del todo inmenso; el del esclavo degrada. Los trabajos forzados se hacen a la fuerza, sólo por miedo a un castigo peor. Y ese trabajo, que no atrae por si mismo porque no ejercita ninguna de las facultades mentales del trabajador, esta tan mal pagado que se considera un castigo.
Cuando mis amigos hacían corsés o botones de concha y ganaban doce centavos por diez horas al día, y cuatro los retenía el Estado, podemos comprender muy bien la repugnancia que este trabajo producía al condenado a ejecutarlo.
Cuando uno gana treinta y seis centavos por semana, hay derecho a decir: «Los ladrones son los que aquí nos tienen, no nosotros».
5. Consecuencias del cese de los contactos sociales.
¿Y qué inspiración puede lograr un preso para trabajar por el bien común, privado como está de toda conexión con la vida exterior? Por un refinamiento de crueldad, quienes planearon nuestras cárceles hicieron todo lo posible por cortar toda relación del preso con la sociedad. En Inglaterra, la mujer y los hijos del preso sólo pueden verle una vez cada tres meses y las cartas que se le permiten escribir son realmente ridículas. Los filántropos han llegado a veces a desafiar la naturaleza humana hasta el punto de impedir a un preso a escribir algo más que su firma en un impreso.
La mejor influencia a que un preso podría someterse, la única que podría aportarle un rayo de luz, un soplo de cariño en su vida (la relación con los suyos) queda sistemáticamente prohibida.
En la vida sombría del preso, sin pasión ni emoción, se atrofian en seguida los buenos sentimientos. Los trabajadores especializados que amaban su oficio pierden el gusto por el trabajo. La energía corporal se esfuma lentamente.
La mente no tiene ya energía para fijar la atención; el pensamiento es menos ágil, y, en cualquier caso, menos persistente.
Pierde profundidad. Yo creo que la disminución de la energía nerviosa en las cárceles se debe, sobre todo, a la falta de impresiones variadas.
En la vida ordinaria hay miles de sonidos y colores que asaltan diariamente los sentidos, un millar de pequeños hechos llegan a nuestra conciencia y estimulan la actividad del cerebro. Esto no sucede con los sentidos de los presos. Sus impresiones son escasas y siempre las mismas.
6. La teoría de la fuerza de voluntad.
Hay otra importante causa de desmoralización en las cárceles. Todas las transgresiones de las normas morales aceptadas pueden atribuirse a la falta de una voluntad fuerte. La mayoría de los habitantes de las cárceles son gentes que no tuvieron la fuerza suficiente para resistir las tentaciones que les rodeaban o para controlar una pasión que les arrastró momentáneamente. En las cárceles, como en los conventos, se hace todo lo posible para matar la voluntad del hombre. No se suele tener posibilidad de elegir entre dos opciones.
Las raras ocasiones en que se puede ejercitar la voluntad son muy breves. Toda la vida del preso está regulada y ordenada previamente. Sólo tiene que seguir la corriente, que obedecer so pena de graves castigos.
En estas condiciones, toda la fuerza de voluntad que pudiese tener al entrar desaparece.
¿Y dónde buscar fuerzas para resistir las tentaciones que surjan ante él, como por arte de magia, cuando salga de entre los muros de la cárcel? ¿Dónde encontrará la fuerza necesaria para resistir el primer impulso de un arrebato de pasión, si durante años se hizo lo posible por matar esa fuerza interior, por hacerle dócil instrumento de los que le controlan? Este hecho es, en mi opinión, la condena más terrible de todo el sistema penal basado en privar de libertad al individuo.
Es claro el motivo de esta supresión de la voluntad del individuo, esencia de todo sistema penitenciario. Nace del deseo de guardar el mayor número de presos posible con el menor número posible de guardias. El ideal de los funcionarios de prisión seria millares de autómatas, que se levantaran, trabajaran, comieran y fueran a dormir controlados por corrientes eléctricas accionadas por uno de los guardianes. Quizá así se ahorrase presupuesto, pero nadie debería asombrarse de que estos hombres, reducidos a máquinas, no fuesen, una vez liberados, tal cómo la sociedad los desea. Tan pronto como un preso queda libre, le esperan sus viejos camaradas. Lo reciben fraternalmente y se ve una vez mas arrastrado por la corriente que le llevó a la cárcel. Nada pueden hacer las organizaciones protectores. Lo único que pueden hacer para combatir la influencia maligna de la cárcel es aliviar su influjo en los ex-presidiarios.
¡Qué contraste entre la recepción de sus viejos camaradas y la de la gente que se dedica a tareas filantrópicas con ex-presidiarios! ¿Cuál de estas personas le invitará a su casa y le dirá simplemente: «Aquí tienes una habitación, aquí tienes un trabajo, siéntate en esta mesa como uno mas de la familia»?
El ex-presidiario sólo busca la mano extendida de cálida amistad. Pero la sociedad, después de haber hecho todo lo posible por convertirle en enemigo, después de inocularle los vicios de la cárcel, le rechaza. Le condena a ser un «reincidente».
7. El efecto de las ropas de la cárcel y de la disciplina.
Todo el mundo conoce la influencia de la ropa decente. Hasta un animal se avergüenza de aparecer ante sus semejantes si algo le hace parecer ridículo.
Si pintan a un gato de blanco y amarillo no se atreverá a acercarse a otros gatos. Pero los hombres empiezan por entregar una vestimenta de lunático a quien afirman querer reformar.
El preso se ve sometido toda su vida de prisión a un tratamiento que indica un desprecio absoluto por sus sentimientos. No se concede a un preso el simple respeto debido a todo ser humano. Es una cosa, un número, y a cosa numerada se le trata. Si cede al más humano de todos los deseos, el de comunicarse con un camarada, se le culpa de falta de disciplina. Quien no mintiese ni engañase antes de entrar en la cárcel: allí aprenderá a mentir y a engañar y este aprendizaje será para él una segunda naturaleza.
Y los que no se someten lo pasan mal. Si verse registrado le resulta humillante, si no le gusta la comida, si muestra disgusto porque el guardián trafica con tabaco, si divide su pan con el vecino, si conserva aun la suficiente dignidad para enfadarse por un insulto, si es lo bastante honrado para sublevarse por pequeñas intrigas, la cárcel será para él un infierno. Se verá abrumado de trabajo o le meterán a pudrirse en confinamiento solitario.
La más leve infracción de disciplina significará el castigo mas grave. Y todo castigo llevará a otro. Por la persecución le empujaran a la locura. Puede considerarse afortunado si no deja la cárcel en un ataúd.
8. Los carceleros.
Es fácil escribir en los periódicos que hay que vigilar estrechamente a los guardias de las cárceles, que deben elegirse entre hombres buenos. No hay nada más fácil que construir utopías administrativas. Pero el hombre seguirá siendo hombre, guardián o preso.
Y cuando se condena a estos guardianes a pasar el resto se sus vidas en situaciones falsas, sufren las consecuencias. Se vuelven irritables. Sólo en monasterios y conventos hay tal espíritu de mezquina intriga. En ninguna parte abundan tanto escándalos y chismorreos como entre los guardianes de las cárceles.
No se puede dar a un individuo autoridad sin corromperle. Abusará de ella. Y será menos escrupuloso y sentirá su autoridad más aun cuanto su esfera de acción sea mas limitada.
Obligado a vivir en terreno enemigo, el guardián no puede convertirse en un modelo de bondad. A la alianza de los presos se opone la de los carceleros. Es la institución la que les hace lo que son: sicarios ruines y mezquinos. Si pusiésemos a Pestalozzi en su lugar, pronto sería un carcelero.
Rápidamente, el rencor contra la sociedad penetra en el corazón del preso. Se habitúa a detestar a los que le oprimen. Divide el mundo en dos partes: una, aquella a la que pertenecen él y sus camaradas; la otra, el mundo exterior representado por los guardianes y sus superiores. Los presos forman una liga contra todos los que no llevan el uniforme de presidiario. Son sus enemigos y cuanto puedan hacer para engañarles es bueno.
Tan pronto como se ve en libertad, pone el preso en práctica su código. Antes de ir a la cárcel pudo cometer su delito involuntariamente. Ahora tiene una filosofía que puede resumirse en estas palabras de Zola: «Que sin vergüenzas son estos hombres honrados».
Si consideramos las distintas influencias de la cárcel sobre el preso nos convenceremos de que hacen al hombre cada vez menos apto para vivir en sociedad. Por otra parte, ninguna de estas influencias eleva las facultades intelectuales y morales del preso, ni le lleva a una concepción mas elevada de la vida. La cárcel no mejora al preso. Y además, hemos visto que no le impide cometer otros delitos. No logra, pues, ninguno de los fines que se propone.
9. ¿Cómo debemos tratar a los infractores?
Debemos de formular la siguiente pregunta: «¿Qué debería hacerse con los que violan las leyes?» No me refiero a las leyes escritas (son triste herencia de un triste pasado), si no a los principios morales grabados en los corazones de todos nosotros.
Hubo tiempos en que la medicina era el arte de administrar ciertas drogas, laboriosamente descubiertas con experimentos. Pero nuestra época ha enfocado el problema médico desde un nuevo ángulo. En vez de curar enfermedades, busca la medicina ahora ante todo impedirlas. La higiene es la mejor medicina de todas. Aun hemos de hacer lo mismo con este gran fenómeno social al que aun llamamos «delito», pero al que nuestros hijos llamarán «enfermedad social». Impedir la enfermedad será la mejor cura. Y esta conclusión se ha convertido ya en lema de toda una escuela de pensadores modernos dedicados al estudio del «delito».
En las obras publicadas por los innovadores están todos lo elementos necesarios para adoptar una actitud nueva hacia aquellos a quienes la sociedad, cobardemente, ha decapitado, ahorcado o encarcelado hasta ahora.
10. Causas del delito.
A tres grandes categorías de causas se deben esos actos antisociales llamados delitos. Son causas sociales, fisiológicas y físicas. Empezaré por las últimas. Son las menos conocidas, pero su influencia es indiscutible.
Causas físicas.
Si vemos que un amigo hecha al correo una carta olvidándose poner la dirección, decimos que es un accidente, que es algo imprevisto. Estos accidentes, estos acontecimientos inesperados, se producen en las sociedades humanas con la misma regularidad que los que pueden prevenirse. El número de cartas sin dirección que se envían por correo continúa siendo notable año tras año. Este número puede variar de un año tras otro, pero muy levemente. Aquí tenemos un factor tan caprichoso como la distracción. Sin embargo, este factor está sometido a leyes igual de rigurosas que las que gobiernan los movimientos de los planetas.
Y lo mismo sucede con el número de delitos que se cometen al año. Con las estadísticas de años anteriores en la mano, cualquiera puede predecir con antelación, con sorprendente exactitud, el número aproximado de asesinatos que se cometerán en el curso del año en cada país europeo.
La influencia de las causas físicas sobre nuestras acciones aun no ha sido, ni mucho menos, plenamente estudiada. Se sabe, sin embargo, que predominan los actos de violencia en el verano, mientras que en el invierno adquieren prioridad los actos contra la propiedad. Si examinamos los gráficos obtenidos por el profesor Enrico Ferri y observamos que el gráfico de actos de violencia sube y baja con el de temperatura, nos impresiona profundamente la similitud de los dos y comprendemos hasta que punto el hombre es una máquina. El hombre que tanto se afana de su voluntad libre, depende de la temperatura, los vientos y las lluvias tantos como cualquier otro organismo. ¿Quién pondrá en duda estas influencias? Cuando el tiempo es bueno y es buena la cosecha, y cuando los hombres se sienten a gusto, es mucho menos probable que de pequeñas disputas resulten puñaladas. Si el tiempo es malo y la cosecha pobre, los hombres se vuelven irritables y sus disputas adquieren carácter mas violento.
Causas fisiológicas.
Las causas fisiológicas, las que dependen de la estructura del cerebro, órganos digestivos y sistema nervioso, son sin duda más importantes que las causas físicas. La influencia de capacidades heredadas, así como de la estructura física sobre nuestros actos, han sido objeto de tan profunda investigación que podemos formarnos una idea bastante correcta de su importancia.
Cuando Cesare Lombroso afirma que la mayoría de los que habitan nuestras cárceles tienen algún defecto en su estructura cerebral, podemos aceptar tal afirmación siempre que comparemos los cerebros de los que mueren en prisión con los de quienes mueren fuera en condiciones de vida generalmente malas. Cuando demuestra que los asesinatos más brutales los cometen individuos que tienen algún defecto mental grave, aceptamos lo que dice si tal afirmación la confirman los hechos. Pero cuando Lombroso declara que la sociedad tiene derecho a tomar medidas contra los deficientes, no aceptamos seguirle. La sociedad no tiene derecho a exterminar al que tenga el cerebro enfermo. Admitimos que muchos de los que cometen estos actos atroces son casi idiotas. Pero no todos los idiotas se hacen asesinos.
En muchas familias, tanto en los manicomios, como en los palacios, hay idiotas con los mismos rasgos que Lombroso considera característicos del «loco criminal». La única diferencia entre ellos y los que van al patíbulo es el medio en que viven. Las enfermedades cerebrales pueden ciertamente estimular el desarrollo de las tendencias asesinas, pero no es algo inevitable. Todo depende de las circunstancias de quien sufra la enfermedad mental.
Toda persona inteligente podrá ver, por los datos acumulados, que la mayoría de los individuos a los que se trata hoy como delincuentes son hombres que padecen alguna enfermedad, y a quienes en consecuencia, es necesario curar lo mejor posible en vez de enviarlos a la cárcel, donde su enfermedad sólo puede agravarse.
Si nos sometiésemos todos a un riguroso análisis, veríamos que a veces pasan por nuestra mente, rápidos como centellas, los gérmenes de ideas que son los fundamentos de las malas acciones. Rechazamos estas ideas, pero si hubiesen hallado un eco favorable en nuestras circunstancias o si otros sentimientos, como el amor, la piedad o la fraternidad, no hubiesen contrarrestado estas chispas de pensamientos egoístas y brutales, habrían acabado llevándonos a una mala acción. En suma, las causas fisiológicas juegan un papel importante en arrastrar a los hombres a la cárcel, pero no son las causas de la «criminalidad» propiamente dicha. Estas afecciones de la mente, el sistema cerebro- espinal, etc., podemos verlas en estado incipiente en todos nosotros. La inmensa mayoría padecemos alguno de esos males. Pero no llevan a la persona a cometer un acto antisocial a menos que circunstancias externas les den una inclinación mórbida.
Causas sociales.
Si las causas físicas tienen tan vigorosa influencia en nuestras acciones, si nuestra fisiología es tan a menudo causa de los actos antisociales que cometemos, ¡cuanto más poderosas son las causas sociales! Las mentes más avanzadas e inteligentes de nuestra época proclaman que es la sociedad en su conjunto la responsable de los actos antisociales que se cometen en ella. Igual que participamos de la gloria de nuestros héroes y genios, compartimos los actos de nuestros asesinos.
Nosotros les hicimos lo que son, a unos y otros.
Año tras año crecen miles de niños en medio de la basura moral y material de nuestras grandes ciudades, entre una población desmoralizada por una vida mísera. Estos niños no conocen un verdadero hogar. Su casa es una choza mugrienta hoy y las calles mañana.
Crecen sin salida decente para sus jóvenes energías. Cuando vemos a la población infantil de las grandes ciudades crecer de ese modo, no podemos evitar asombrarnos de que tan pocos de ellos se conviertan en salteadores de caminos y en asesinos. Lo que me sorprende es la profundidad de los sentimientos sociales entre el género humano, la cálida fraternidad que se desarrolla hasta en los barrios peores. Sin ella, el número de los que declarasen guerra abierta a la sociedad sería aun mayor. Sin esta amistad, esta aversión a la violencia no quedaría en pie ninguno de nuestros suntuosos palacios urbanos.
Y al otro lado de la escala, ¿qué ve el niño que crece en las calles? Lujo, estúpido e insensato, tiendas elegantes, material de lectura dedicado a exhibir la riqueza, ese culto al dinero que crea la sed de riqueza, el deseo de vivir a expensas de otros. El lema es:
«Hazte rico. Destruye cuanto se interponga en tu camino y hazlo por cualquier medio, salvo los que puedan llevarte a la cárcel». Se desprecia hasta tal punto el trabajo manual, que nuestras clases dominantes prefieren dedicarse a la gimnasia que manejar la sierra o la azada. Una mano callosa se considera signo de inferioridad y un vestido de seda, de superioridad.

La sociedad misma crea diariamente estos individuos incapaces de llevar una vida de trabajo honesto y llenos de impulsos antisociales. Les glorifica cuando sus delitos se ven coronados del éxito financiero. Les envía a la cárcel cuando no tiene «éxito». No servirán ya de nada cárceles, verdugos y jueces cuando la revolución social haya cambiado por completo las relaciones entre capital y trabajo, cuando no haya ociosos, cuando todos puedan trabajar según su inclinación por el bien común, cuando se enseñé a todos los niños a trabajar con sus propias manos al mismo tiempo que su inteligencia y su espíritu, al ser cultivados adecuadamente, alcanzan un desarrollo normal.
El hombre es resultado del medio en que se cría y en que pasa su vida. Si se le acostumbra a trabajar desde la niñez, a considerarse parte del conjunto social, a comprender que no puede hacer daño a otros sin sentir al fin él mismo las consecuencias, habrá pocas infracciones de las leyes morales. Las dos terceras partes de los actos que hoy se condenan cómo delitos, son actos contra la propiedad.
Desaparecerán con la propiedad privada. En cuanto a los actos de violencia contra las personas, disminuyen ya proporcionalmente al aumento del sentido social y desaparecerán cuando ataquemos las causas en vez de los efectos.
11. ¿Cómo curar a los infractores?
Hasta hoy, las instituciones penales, tan caras a los abogados, han sido un compromiso entre la idea bíblica de venganza, la creencia medieval en el dominio, la idea del poder del terror de los abogados modernos y la de la prevención del crimen por medio del castigo.
No deben construirse manicomios para subsistir a las cárceles. Nada más lejos de mi pensamiento, que idea tan execrable. El manicomio es siempre cárcel. Lejos también de mi pensamiento esa idea, que los filántropos airean de cuando en cuando, de que debe ponerse la cárcel en manos de médicos y maestros. Lo que los presos no han hallado hoy en la sociedad es una mano auxiliadora, sencilla y amistosa, que les ayude desde la niñez a desarrollar las facultades superiores de su inteligencia y su espíritu; facultades estas cuyo desarrollo natural han obstaculizado o un defecto orgánico o las malas condiciones sociales a que somete la propia sociedad a millones de seres humanos. Pero si carecen de la posibilidad de elegir sus acciones, los individuos privados de su libertad no pueden ejercitar estas libertades superiores de la inteligencia y el corazón.
La cárcel de los médicos, el manicomio, sería mucho peor que nuestras cárceles presentes. Sólo dos correctivos pueden aplicarse a esas enfermedades del organismo humano que conducen al llamado delito: fraternidad humana y libertad. No hay duda de que en toda sociedad, por muy bien organizada que esté, aparecerán individuos que se dejen arrastrar fácilmente por las pasiones y que pueden cometer de cuando en cuando hechos antisociales.
Pero para impedir esto es necesario dar a sus pasiones una dirección sana, otra salida.
Vivimos hoy demasiado aislados. La propiedad privada nos ha llevado al individualismo egoísta en todas nuestras relaciones mutuas. Nos conocemos muy poco unos a otros; los puntos de contacto son demasiado escasos. Pero hemos visto en la historia ejemplos de vida comunal mucho más integrada: la «familia compuesta» en China, las comunas agrarias, por ejemplo.
Estas gentes si se conocen entre sí. Las circunstancias las fuerzan a ayudarse recíprocamente en un sentido material y moral. La vida familiar, basada en la comunidad primigenia, ha desaparecido. Ocupará su lugar una nueva familia, basada en la comunidad de aspiraciones. En esta familia, los individuos se verán forzados a conocerse mutuamente, a ayudarse entre sí y a apoyarse unos en otros moralmente en toda ocasión. Y esta colaboración mutua impedirá el gran número de actos antisociales que vemos hoy.
Se dirá, sin embargo, que habrá siempre algunos individuos, los enfermos, si queréis llamarles así, que serán un peligro para la sociedad. ¿No será necesario, pues, liberarnos de ellos, o impedir al menos que hagan daño a otros? Ninguna sociedad, por muy poco inteligente que sea, necesitará recurrir a una solución tan absurda, y ello tiene un motivo. Antiguamente se consideraba a los locos posesos de demonios y se les trataba en consecuencia.
Les mantenían presos en sitios como establos, encadenados a la pared como animales peligrosos. Luego Pinel, hombre de la gran revolución se atrevió a eliminar aquellas cadenas y probó a tratarles como hermanos. «Te devorarán», gritaron los guardianes. Pero Pinel no tuvo miedo. Aquellos a quienes se consideraba bestias salvajes se reunieron alrededor de Pinel y demostraron con su actitud que él tenía razón al creer en el mejor aspecto de la naturaleza humana, aun cuando la enfermedad nublase la inteligencia. Y ganó la causa. Se dejo de encadenar a los locos.
Luego, los campesinos del pueblecito belga de Gheel encontraron algo mejor. Dijeron:
«Mandadnos vuestros locos. Nosotros les daremos libertad total». Les adoptaron en sus familias, les dieron un sitio en sus mesas, oportunidad de cultivar con ellos sus campos y un puesto entre sus jóvenes en bailes y fiestas. «Comed, bebed y bailad con nosotros. Trabajad y corred por el campo y sed libres.» Este era el sistema, esta era toda la ciencia que sabían los campesinos belgas. (Hablo de los primeros tiempos. Hoy el tratamiento de los locos en Gheel se ha convertido en profesión y, siendo profesión y persiguiendo el lucro, ¿qué significado puede poseer?) Y la libertad obró un milagro. Los locos se curaron. Incluso los que tenían lesiones orgánicas incurables se convirtieron en miembros dóciles y tratables de la familia, como el resto. La mente enferma podía seguir trabajando de un modo anormal pero el corazón estaba en su sitio. Se proclamó el hecho como un milagro. Se atribuyeron estos notables cambios a la acción milagrosa de santos y vírgenes. Pero la virgen era la libertad y el santo, trabajo en el campo y trato fraternal. En uno de los extremos del inmenso «espacio que media entre enfermedad mental y delito» del que Maudsley habla, la libertad y el trato fraternal obraron su milagro.
También lo obrarán por el otro extremo.
12. Conclusión.
La cárcel no impide que se produzcan actos antisociales. Multiplica su número. No mejora a los que pasan tras sus muros. Por mucho que se reforme, las cárceles seguirán siendo siempre lugares de represión, medios artificiales, como los monasterios, que harán al preso cada vez menos apto para vivir en comunidad. No logran sus fines.
Degradan la sociedad. Deben desaparecer. Son supervivencia de barbarie mezclada con filantropía jesuítica.
El primer deber del revolucionario será abolir las cárceles: esos monumentos de la hipocresía humana y de la cobardía. No hay porque temer actos antisociales en un mundo de iguales, entre gente libre, con una educación sana y el hábito de la ayuda mutua. La mayoría de estos actos ya no tendrían razón de ser. Los restantes serían sofocados en origen.
En cuanto a aquellos individuos de malas tendencias que nos legará la sociedad actual tras la revolución, será tarea nuestra impedir que ejerciten tales tendencias. Esto se logrará ya muy eficazmente mediante la solidaridad de todos los miembros de la comunidad contra tales agresores. Si no lo lográsemos en todos los casos, el único correctivo práctico seguiría siendo tratamiento fraternal y apoyo moral.
No es esto una utopía. Se ha hecho ya con individuos aislados y se convertirá en práctica general. Y estos medios serán mucho más poderosos para proteger a la sociedad de actos antisociales que el sistema actual de castigo que es fuente constante de nuevos delitos.


El Estado de California es el más poblado de Estados Unidos, con alrededor de 38 millones de habitantes. Actualmente alberga en 33 prisiones concebidas originalmente para contener a 80.000 reclusos, la escalofriante cifra de 148.000 personas privadas de libertad. Semejantes niveles de prisionización y hacinamiento llevaron a que la Corte Suprema de la nación ordenara la liberación de miles de internos.

El fallo, adoptado por una ajustada mayoría de votos (5 a 4) intenta poner freno a una problemática crónica, agravada por la crisis económica de California y las políticas públicas que en materia carcelaria ha llevado adelante la administración del actor conservador Arnold Schwarzenegger.

La decisión tiene un precedente igualmente significativo. En 2009, tres jueces federales ordenaron la liberación de 40.000 prisioneros, medida que fue apelada por el Estado de California con el argumento de que el cumplimiento de la misma implicaría un riesgo para la seguridad de los ciudadanos.
Según publica el diario "Tiempo Argentino" en su edición del día de la fecha, cuatro mapuches que estaban en huelga de hambre, se encontraban al borde de la muerte, luego de más sesenta días sin ingerir alimentos.
A todos ellos se les había aplicado la nefasta "Ley Antiterrorista" chilena, por haber manifestado en favor de los derechos de su comunidad sobre tierras privatizadas.
Desde hace mucho tiempo, el pueblo mapuche y sus organizaciones vienen advirtiendo acerca de las consecuencias del nefasto combo que componen la citada ley y una forma d econcebir el nuevo sistema procesal como una verdadera tecnología de criminalización de los sectores subalternos (en especial, de los propios mapuches), efectuada siempre desde una perspectiva de mayor "eficiencia" y celeridad procesal. Lo que da la pauta de que un sistema adversarial, para adecuarse al programa de la Constitución, debe ser algo más que un instrumentom de criminalización de última generación, y someterse a un piso de garantías infranqueable, lo que debería constituir su principal condición identitaria.


Este es el título del nuevo libro del Profesor Luigi Ferrajoli, principal referente del garantismo penal, publicado por Editorial Trotta. En "Poderes Salvajes", Ferrajoli afirma, por ejemplo, que "Los conflictos de intereses, en la formas de la corrupción del intercambio político con los lobbies corporativos, y, sobre todo, con los medios de comunicación, son hoy fenómenos endémicos en todos los ordenamientos democráticos, en los que resulta cada vez más fuerte la relación entre dinero, información y política".



Queremos compartir con nuestros lectores la ilusión de acceder, en próximas ediciones de este espacio, a una aproximación explícita, si se quiere, de primera mano, del horizonte de proyección del garantismo penal. Solamente les pedimos que nos den un "plazo razonable", para poder debatir este tema munidos de elementos conceptuales objetivos. Hasta entonces

Publicado por Martha Lidia Ferreira Fernández en Blogueros y Corresponsales de la Revolución.
Un prisionero afgano sufrió un colapso y murió en el centro de detención de Guantánamo después de realizar ejercicios en una máquina, dijeron el jueves las fuerzas armadas de Estados Unidos.
Awal Malim Gul, quien fue acusado de ser un comandante talibán y de estar asociado a Al Qaeda, falleció el martes por la tarde en la base naval estadounidense de la Bahía de Guantánamo, informó el Comando Sur del Ejército.
Gul, de 48 años, había estado usando una máquina de ejercicios para simular correr o subir escaleras. Una fuente de la parte legal dijo que el hombre colapsó cuando estaba haciendo ejercicio, pero el Ejército afirmó que fue cuando estaba tomando un baño luego de hacer los ejercicios.
“Otros detenidos en su bloque de celdas llevaron a Gul a una estación de guardia para su atención médica”, dijo el Ejército en un comunicado de prensa.
“Los guardias alertaron inmediatamente al personal médico, los cuales al llegar a la celda lo encontraron inconsciente“, agregó.
Gul fue llevado al área médica dentro del campo donde vivían y fue transferido al hospital de la base, pero no pudo ser revivido, dijo el Ejército.
El afgano había estado detenido sin cargos en Guantánamo desde octubre del 2002. Es el séptimo preso que muere allí desde que el centro de detención abrió en la base naval estadounidense en enero del 2002.
Uno murió de causas naturales -cáncer de colon-, y otros cinco aparentemente se suicidaron.
Se estaban haciendo arreglos para repatriar su cuerpo, después de realizarle una autopsia para determinar la causa de su muerte, dijo el Ejército.
Casi 800 hombres han estado detenidos en el centro que aún tiene 172 presos.

Hemos desenpolvado un artículo que recibiéramos hace algún tiempo de parte de algunos colegas preocupados por la evolución de un derecho penal autoritario o de excepción. Como siempre es un buen momento para alertar sobre el tema, decidimos volver a publicarlo.
Comentarios a Filippo GRISPIGNI/Emund MEZGER, La reforma penal
nacionalsocialista, y a Karl BINDING/Alfred HOCHE, La licencia para
la aniquilación de la vida sin valor de vida, Colección El penalismo
olvidado, Director: Eugenio Raúl Zaffaroni, Coordinadores: Rodrigo
Codino, Pablo Vega, Matías Bailone y Martín Magram, editorial Ediar,
Buenos Aires, 2009 / 2010.
Francisco Muñoz Conde (Sevilla)
1. Con el extraño, pero sugerente título de “El penalismo olvidado”, la
editorial argentina EDIAR, de Buenos Aires, ha emprendido bajo la
dirección del eminente penalista Eugenio Raúl Zaffaroni la tarea de sacar a
la luz algunos textos de penalistas famosos, que, por diversas razones, son
prácticamente desconocidos en la actualidad, o aún siendo conocidos, lo
son más por referencias indirectas que porque realmente hayan sido leídos.Entre las primeros se encuentra el raro opúsculo en el que, en una época
aún no muy lejana, dos famosos penalistas, uno alemán, Edmund Mezger, y
el otro italiano, Filippo Grispigni, rivalizaron, en el sentido académico de la
palabra, en mostrar cuál de sus posiciones teóricas respecto a temas tan
fundamentales del Derecho penal, como la culpabilidad y la pena, la
peligrosidad y las medidas de seguridad, era más acorde con la ideología
nacionalsocialista y fascista dominantes en aquel momento en sus
respectivos países, y podían dar una mejor cobertura teórica a la
esterilización y castración de delincuentes sexuales, o a la aplicación de la
pena de muerte a los menores autores de delitos graves, que en aquellos
momentos se estaban llevando a cabo principalmente en la Alemania nazi.
La obra a la que nos referimos (Filippo Grispigni/Edmund Mezger, “La
riforma penale nacionalsocialista”), publicada por la editorial Giuffré de
Milán en 1942, quedó arrumbada sin que nadie que yo sepa, en las
generaciones posteriores de penalistas, tuviera noticia de su existencia o al
menos diera noticia directa de ella. Sesenta años después, cuando estaba
trabajando en la segunda edición de mi libro “Edmund Mezger y el
Derecho penal de su tiempo” (editorial Tirant Lo Blanch, Valencia 2002),
la entonces colaboradora científica del Instituto Max Planck de Derecho
penal Internacional y Comparado de Freiburg en Brisgovia, la Dra.María
José Pifarré, me indicó que en la biblioteca de dicho Instituto se encontraba
un ejemplar de esa obra, para mi hasta entonces desconocida, y me mandó
una fotocopia de la misma. Con su lectura no sólo confirmé una vez más la
estrecha vinculación que entonces tenía el famoso penalista alemán,
Edmund Mezger, con el régimen nacionalsocialista, sino además constaté
una no menor, o incluso mayor, afinidad ideológica del otro coautor, el
famoso penalista italiano Filippo Grispigni, con el régimen fascista
imperante todavía en aquel momento en Italia. Enfrascado como estaba
entonces en mi trabajo sobre el pasado nazi de Mezger, me limité, sin
embargo, sólo a dar cuenta de ello en una nota a pié de página, señalando
que sería conveniente que se investigara también el pasado de otros
penalistas importantes italianos y españoles de aquella época, dada las
estrechas relaciones existentes entre los regímenes políticos,
nacionalsocialismo, fascismo y dictadura franquista, que regían los destinos
de los respectivos países.
Una vez más la torpe reacción de alguien empeñado a toda costa en
desacreditar tanto la investigación que estaba llevando a cabo sobre el
pasado nazi de Mezger, como a mi personalmente, dedicándome todo tipo
de insultos, acusaciones de plagio y otras lindezas por el estilo, me obligó a
leer con más detenimiento esta monografía y a responderle en un
comentario bibliográfico, publicado primero como tal en España, en
Revista Penal, 2002, y luego como artículo independiente en Argentina en
Nueva Doctrina Penal, 2003/A, p.303 a 315., y en Alemania, en versión al
alemán de Moritz Vormbaum, en Journal der juristischen Zeitgeschichte,
2004.
Posteriormente Raul Zaffaroni, gran conocedor de la historia de las ideas
penales, mostró gran interés en traducir al español y publicar esta
monografía, que a su juicio revelaba claramente el turbio pasado totalitario
de los dos penalistas que a mediados del siglo XX mayor influencia
ejercieron en los penalistas argentinos y los de otros muchos países de
habla española, incluyendo naturalmente España. Y como resultado de ese
interés acometió junto con Rodrigo Codino la traducción que ahora se
publica en la editorial EDIAR, con Prólogo del mismo Zaffaroni,
recogiendo como Apéndices mi comentario antes aludido y otro escrito
expresamente para esta edición por Rodrigo Codino.
Esta publicación inicia una serie que bajo el nombre de “El penalismo
olvidado” pretende, en palabras del propio Zaffaroni, “difundir textos
antiguos del penalismo, señeros aunque olvidados o silenciados, algunos de
ellos horripilantes” (cursivas en el original).El otro texto que inmediatamente sigue a éste en la citada colección es el
no menos “horripilante” de Karl Binding y Alfred Hoche, “La licencia para
la aniquilación de la vida sin valor de vida”, publicado en Alemania en
1920/22 bajo el título “Die Freigabe der Vernichtung lebensunwerten
Lebens. Ihr Mass und Ihre Form (reeditado en 2006, con prólogo de
Wolfgang Naucke, por la Berliner Wissenschaftsverlag). A diferencia del
anterior este texto es más que conocido y es citado frecuentemente como
un antecedente inmediato de las medidas eutanásicas que quince años más
tarde se llevaron a cabo por médicos de algunos Hospitales alemanes
especialmente autorizados por Hitler para eliminar enfermos mentales
irrecuperables o terminales, lo que costó la vida, según los cálculos que
Zaffaroni maneja, a unos 200.000 pacientes clasificados de esta manera. En
este caso la traducción al español es de Bautista Serigós, quien añade
valiosas notas explicativas sobre las diversas ediciones del texto alemán, su
traducción a otros idiomas, y el significado de algunos términos y
expresiones utilizadas por los autores.
En este momento no me parece necesario hacer una reseña del contenido
de ninguna de estas obras. De la primera de ellas, “La riforma penale
nazionasocialista”, de Grispigni y Mezger, me he ocupado ya
pormenorizadamente en el comentario a la misma que escribí en su día y
que se reproduce íntegramente en esta nueva edición. La segunda sobre la
licencia para eliminar vidas desprovistas de valor vital, de Binding y Hoche,
ha sido ya objeto de muchas reflexiones y comentarios no sólo en la
literatura penal, y no creo que se pueda añadir nada nuevo a lo que se ya se
ha dicho repetidas veces: Que es un antecedente inmediato de las medidas
eutanásicas llevadas a cabo pocos años después por los médicos nazis,
algunos de los cuales fueron luego juzgados por ello en Nuremberg y
condenados a muerte.
Querría hacer, sin embargo, un breve comentario a las Introducciones que
Zaffaroni ha escrito para cada una de ellas, que constituyen en sí mismas
una aguda reflexión sobre las implicaciones y consecuencias que las
ideologías nacionalsocialista y fascista tuvieron en el pensamiento de
algunos destacados penalistas, y sobre la influencia que otras
construcciones teóricas elaboradas anteriormente tuvieron en las prácticas
eutanásicas y genocidas que llevó a cabo luego el régimen nazi. Pero, al
mismo tiempo, las respectivas Introducciones de Zaffaroni son también una
reflexión sobre la responsabilidad del científico en general y del penalista
en particular a la hora de suministrar teorías aparentemente inocuas o
pretendidamente científicas que directa o indirectamente sirven para
legitimar políticas genocidas.
2. Comienza Zaffaroni su Introducción al libro de Grispigni/Mezger con
una serie de consideraciones sobre la oportunidad y aún conveniencia de
que este tipo de obras no queden en el olvido, ya no sólo para que las
generaciones futuras conozcan mejor el pasado, sino también para “calmar
la tremenda angustia” que nos ocasiona saber que autores de tanto prestigio
en su época y que han seguido teniéndolo posteriormente hayan llegado a
legitimar o justificar con sus elucubraciones teóricas las atrocidades que
entonces se cometieron por el poder político de sus respectivos países y que
hoy igualmente están cometiéndose en otros muchos. Ante eso, Zaffaroni
se pregunta si no estaremos nosotros también promoviendo ideas y teorías
que el día de mañana puedan ser valoradas con la misma sensación de
horror e incluso de asco que hoy nos causan las teorías vertidas en el libro
que comentamos. ¿Son la temporalidad y la historicidad del ser humano tan
relativas que lo que hoy nos parece normal puede ser considerado mañana
como una aberración jurídica e incluso humana? Si esto fuera así no cabe
duda de que “arrojar sombras sobre la memoria de los muertos”, como dice
Zaffaroni, resultaría, además de antipático, inútil, porque más o menos el
día de mañana todo lo que hacemos o decimos hoy deberá pasar por el
filtro de la crítica de las generaciones venideras que probablemente muchas
veces se horrorizarán con las cosas que decimos o hacemos hoy sin sentir el
menor sentimiento de culpa o de que estamos haciendo algo malo. Pero hay
algo que nos dice que ni siquiera admitiendo la relatividad de los juicios
morales podemos pasar por alto, perdonar o tratar con condescendencia
ideas, juicios u opiniones que ya en la misma época en que se emitieron
eran harto discutibles e incluso absolutamente rechazables por estar en
inmediata conexión con la barbarie que ya en aquellos momentos se estaba
cometiendo, aplicando esas teorías. No se trata, pues, de meras
elucubraciones teóricas desprovistas de toda conexión con la realidad, sino
de reflexiones sobre leyes y actos genocidas de depuración racial, de
esterilización y castración de delincuentes o simplemente de asociales, o de
homosexuales, de exterminio de seres desprovistos de valor vital, que se
estaban produciendo en aquel mismo momento por el poder político de los
países en los que estos autores propugnaban estas ideas o las
fundamentaban con conceptos más o menos ingeniosos o sofisticados.
Esto es evidente en el caso de Grispigni y Mezger. Cualquiera que lea los
artículos contenidos en “La riforma penale nacionalsocialista”, se dará
inmediatamente cuenta de que ninguno de estos autores crítica o rechaza
este tipo de prácticas, sino simplemente discrepan sobre si las mismas se
fundamentan mejor con el concepto de peligrosidad o con el de culpa por la
conducción de vida, con el de pena o con el de medida de seguridad. Así,
por ejemplo, cuando Mezger propone su teoría de la culpa por la
conducción de vida para fundamentar la reforma del Derecho penal juvenil
alemán que permitía la aplicación del Derecho penal de adultos y, por tanto,
la pena de muerte para los autores de delitos graves menores de dieciocho
años, Grispigni lo único que hace es criticar el concepto de “culpa por la
conducción de vida” que ofrece Mezger, pero no la aplicación del Derecho
penal de adultos a menores de dieciocho años o que se les aplique la pena
de muerte, que para él en este caso sería simplemente una medida de
defensa social, que, como el mismo dice, “se encuadra(n) en tal
movimiento de reforma (sc. el del nacionalsocialismo) como un anillo de
éste” (cfr página 77), y por si cabe alguna duda respecto al acierto de su
diagnóstico a la hora de calificar la reforma penal nacionalsocialista del
Derecho penal de menores como la aplicación consecuente de las ideas
positivistas basadas en el concepto de peligrosidad, lo confirma con la
siguiente frase: “¡Piénsese que por aplicación de esta norma, ya han sido
condenados a muerte varios menores de dieciocho años!” (p. 81 de esta
edición).A este respecto quisiera señalar que cuando algún autor comentando la
versión alemana de mi libro sobre Mezger, después de valorarlo
positivamente como una importante contribución el estudio del Derecho
penal nacionalsocialista, deplora “el tono moralizante” (“moralischer
Unterton”) y la “indignación” (“Empörung”), que, según él, muestro
cuando se trata de juzgar este tipo de comportamientos e ideas en el caso de
Mezger, quizás ignore algunos datos que bien podrían ayudarle a entender
porque en mi libro se trasluce en algún momento ese estilo que él deplora.
Ciertamente, la brutalidad y gravedad de los insultos que recibí desde la
aparición de la primera edición de mi libro sobre Mezger motivaron alguna
respuesta por mi parte, un poco más dura de lo que suele ser habitual en el
ámbito académico, que de todas formas he procurado suavizar en sucesivas
ediciones, dejando al menos sin mencionar nominalmente a los que me
agredieron de forma tan bochornosa e injuriosa, utilizando un lenguaje más
propio del ámbito tabernario que de una polémica académica. Pero
tampoco puedo negar que el “caso Mezger” me pareció entonces, a medida
que iba descubriendo su colaboración activa y sus intentos de legitimación
teórica de los aspectos más “horripilantes” del régimen nazi, y me parece
todavía hoy, que no puede ser meramente descrito como un hecho histórico
sin ningún tipo de valoración moral. Sobre todo si se tiene en cuenta el
papel que Mezger desempeñó luego como Vicepresidente de la Comisión
de reforma del Derecho penal ya en la etapa de la República Federal de
Alemania, y el éxito que siguió teniendo como uno de los penalistas más
influyentes en Alemania y fuera de Alemania a través de su Tratado de
Derecho penal y del Manual resumido del mismo (Studienbuch) que
publicó tras la Segunda Guerra Mundial, utilizado por varias generaciones
juristas de la posguerra,, Como tampoco se puede olvidar que Mezger fue
uno de los protagonistas más relevantes de la discusión suscitada con su
colega Hans Welzel durante los años cincuenta del pasado siglo acerca del
concepto causal o final de la acción como fundamento de la teoría del
delito, y sobre la posición sistemática en la misma del dolo, que provocó
miles de páginas e influyó (y aún hoy influye) en casi todos los penalistas
de habla hispana. Pero lo verdaderamente impresionante (y vergonzoso) es
que todo esto sucediera sin que nadie dijera ni una palabra respecto a su
pasado nazi, sin que se dijera nada de que junto con el criminólogo Franz
Exner, fue autor de uno de los Proyectos más vergonzoso y genocida de la
legislación penal, destinado al tratamiento (reclusión en campos de
concentración, castración y esterilización) de los por él llamados “extraños
a la comunidad”, o que acto seguido en marzo de 1944 presentó un escrito
firmado de su puño y letra ante la Sección IV de las SS, encargada del
control y vigilancia de los Campos de Concentración, solicitando permiso
para visitar campos de concentración como el de Dachau y observar in situ
“a ciertos tipo de sujetos” que allí se encontraban. Todos estos datos,
recogidos y apoyados documentalmente en mi libro sobre Mezger y que
prácticamente permanecieron ocultos hasta que los encontré y publique a
principios del siglo XXI, más su posterior integración sin ningún tipo de
problemas en el mundo académico normalizado de la posguerra, en el que
incluso además recibió algunos doctorados honoris causa y ocupó cargos
importantes en Comisiones gubernamentales, recibió un Libro Homenaje
con motivo de jubilación en 1952/52, son, a mi juicio, más que suficientes
para motivar un “cierto tono moralizante” e incluso la indignación que
puede traslucirse en algunos pasajes de mi obra sobre Mezger.
También Zaffaroni se muestra duro en sus juicios valorativos negativos
acerca de lo que entonces dijeron Mezger y Grispigni, pero lo que
verdaderamente le inquieta “es que quienes nunca pudieron ser
sospechosos de la más mínima cercanía con el nazismo pasaran por alto
estas páginas y –lo que quizá es peor- el propio contenido autoritario y
francamente antiliberal de la construcción de Mezger, consideraron un dato
menor lo que aquí se expresa, y pareciera que también creyeron que el
discurso de Grispigni era una simple defensa o manotazo del peligrosismo
agonizante” (p.19 de la Introducción a “La riforma penale”). Es verdad que
algunos colegas han cambiado esta condescendencia e ingenuidad en
auténtica indignación o por lo menos estupor a raíz de mis primeras
publicaciones sobre el pasado nazi Mezger y mis comentarios a este libro
conjunto de Mezger con Grispigni. En este sentido quiero recordar las
palabras de estupor que me trasmitió la hija de Conrado Finzi, el traductor
del Studienbuch de Mezger al español en la década de los cincuenta e hijo
del penalista italiano Marcello Finzi, que tuvo que exiliarse en Argentina
expulsado de su cátedra de la Universidad de Módena por aplicación de la
Ley antihebráica del régimen fascista, al conocer quien era Mezger y su
pasado nazi..
Pero también ha habido quienes, contra toda evidencia, no sólo siguieron
negando el pasado oprobioso de tan famosos penalistas, sino que
aprovecharon la publicación de mi libro sobre Mezger para, además de
vengar alguna reyerta académica del pasado, verter de camino todo tipo de
injurias contra mi, en un afán desesperado por matar al mensajero que se
había convertido en un enemigo incómodo al que había que silenciar lo
antes posible. Pero quizás también lo hacían porque conociendo ese pasado,
querían a toda costa seguir manteniéndolo oculto, amenazando e intentado
desacreditar a quienes empezábamos a sacarlo a la luz. Personalmente,
estoy convencido de que había muchos penalistas contemporáneos de
Mezger y Grispigni que conocían ese pasado y que por las razones que
fueran prefirieron no revelarlo, distrayendo la atención de las generaciones
siguientes con polémicas tan abstractas como el concepto ontológico de
acción o la posición sistemática del dolo en la teoría del delito. No parece,
desde luego, pura casualidad que el Studienbuch de Mezger y el Diritto
penale de Grispigni, fueran casi simultáneamente traducidos al español y
publicados en Argentina país en el que se habían refugiado muchos
dirigentes destacados del régimen nazi, como Adolf Eichmann, luego
secuestrado en Buenos Aires por un comando israelita y condenado a
muerte a muerte en Jerusalen por su participación en la planificación y
organización del Holocausto, o a científicos como el Dr.,Mengele, el
“doctor muerte del Campo de exterminio de Auschwitz), o al antropólogo
austriaco Oswald Menghin, conocido por sus planteamientos racistas, que
luego se convirtió en una destacada personalidad de la Antropología
argentina (véase Marcelino Fontán, Oswald Menghin: Ciencia y nazismo,
El antisemitismo como imperativo moral, Buenos Aires, 2005).
Mientras tanto el libro de Mezger/Grispigni que ahora Zaffaroni y Codino
traducen, publican y comentan, quedaba arrumbado en las bibliotecas, sin
que a nadie se le ocurriera, a pesar de su inequívoco e inquietante título
echarle un vistazo y decir algo al respecto. No deja de ser, por tanto
realmente sorprendente que todavía en el año 2002 hubiera alguien que
mostrara su indignación ante el hecho de que yo, desde mi primera
publicación sobre el tema, indicara la afinidad con el pensamiento
nacionalsocialista y la ideología fascista de Grispigni, quien, según decía su
apasionado defensor, “nunca hizo suyas las veleidades (sic) de los
Derechos penales totalitarios” (véase el Apéndice de Rodrigo Codino a la
edición argentina de la obra de Mezger/Grispigni, quien en las páginas 127
a 132 describe brevemente las biografías de personalidades del mundo del
Derecho nazi, como Gürtner, Frank o Freisler, a quienes Grispigni cita con
auténtica admiración y muy elogiosamente).Pero quizás lo más relevante es que ni siquiera los mismos autores de este
panfleto, después de la derrota y desaparición de los respectivos regímenes,
con cuyo Derecho penal se mostraban tan a gusto y a cuya legitimación
contribuían sin la menor reserva, nunca más volvieran a propugnar o
asumir como ideas legítimas, fundadas en la culpabilidad “por la
conducción de vida” o en la pura peligrosidad social o criminal del sujeto,
la esterilización o castración coactiva de los delincuentes sexuales, o la
pena de muerte para los menores de dieciocho años autores de delitos
graves. Algo nos indica que, por encima de sus planteamientos teóricos,
que, como Zaffaroni indica, en el caso de Mezger podían derivarse de su
adscripción al neokantismo, y en el de Grispigni del positivismo
criminológico peligrosista, había también una actitud de “oportunismo
político” que, sin mucho esfuerzo, les permitió adaptar sus teorías a la
ideología del régimen, democrático o totalitario, que en esos momentos
regía en sus respectivos países. Esto me parece evidente en el caso de
Mezger, cuyo Tratado de Derecho penal, redactado todavía en el período
democrático de finales de la República de Weimar (1931), era coherente
con un Derecho penal basado en el principio de legalidad, en la
culpabilidad por el acto y en la pena como justa retribución del mismo
respetuosa con la dignidad del condenado, y que poco tiempo después en el
régimen nacionalsocialista propugnaba la analogía como fuente del
Derecho penal, la culpabilidad por la conducción de vida y la pena como
“exterminio de los elementos dañinos al pueblo y la raza”; para volver,
finalmente, después de la derrota del régimen nazi a mantener en su
Studienbuch el principio de legalidad, la prohibición de la analogía, la
culpabilidad por el acto aislado (aunque aún mantuviera su teoría de la
ceguera jurídica para el tratamiento del error de prohibición) y la pena
como retribución. En el caso de Grispigni no se ve tan claramente esa
adaptación oportunista al régimen político de turno, porque nunca abjuró de
sus planteamientos peligrosistas, pero, desde luego, una vez desaparecido
el régimen fascista, nunca más volvió a propugnar medidas como la
esterilización o castración coactiva de los delincuentes sexuales, que con
tanta contundencia defiende en esta monografía. No estoy, pues, tan
seguro, como parece estarlo Zaffaroni al menos respecto a Grispigni (p.13
y ss. de su Introducción)), de que las tesis que mantiene en esta monografía
se derivara tanto o exclusivamente de su obcecación científica, sino más
bien (o también) de una camaleónica adaptación a las ideas del régimen
político que en cada momento estuviera en el poder, aunque fueran tan
opuestos como uno fascista y otro democrático. En el caso de Mezger hay
pruebas más que sobradas de que esto fue así; y en el de Grispigni, basta
con que se lea la cita que hace en la página 70, nota 12 de un trabajo suyo
“de próxima publicación” sobre “La funzione della pena secondo Benito
Mussolini”, en la que dice: “demostraremos que las doctrinas penales del
fascismo italiano son completamente análogas” (a las del
nacionalsocialismo, naturalmente) (No tengo constancia de que esa trabajo
llegara finalmente a publicarse).
3. Otro tipo de consideraciones pueden hacerse respecto a la monografía de
Binding/Hoche. Ciertamente, cuando hay una mayor distancia temporal
entre las teorías que se propugnan y la aplicación práctica de las mismas, es
más fácil que su autor pueda quedar exento de responsabilidad, y hasta que
nunca hubiera podido siquiera imaginar que aquello que propuso en un
plano exclusivamente teórico pudiera adquirir en la realidad las
dimensiones monstruosas que luego adquirió. En este sentido muchas de
las teorías que se propugnaron a finales del siglo XIX como la del
“delincuente nato”, de Lombroso, la eugenesia, de Galton, o la
inocuización de los incorregibles, de von Liszt, se pueden considerar como
antecedentes inmediatos de las leyes y prácticas aberrantes que se llevaron
luego a cabo en los campos de esterilización de algunos Estados de Estados
Unidos, de Suecia o de Alemania, o de los campos de concentración
alemanes en la época nazi. Es muy probable que estos autores se hubieran
espantado al ver los resultados prácticos de sus teorías cuando unos
individuos desalmados y sin escrúpulos las aplicaron hasta sus últimas
consecuencias.
Pero este distanciamiento moral o afectivo ya no es tan evidente cuando,
como sucede con el libro que a principios de los años 20 del siglo XX
publicaron el jurista penalista Karl Binding y el médico psiquiatra Alfred
Hoche, las ideas que se propugnaban coincidíeron casi al pie de la letra,
apenas dos décadas después, con el exterminio realmente masivo de seres
humanos que se llevó a cabo en las instituciones psiquiátricas alemanas en
la época nacionalsocialista. Desde luego se puede establecer sin mucho
esfuerzo una estrecha conexión entre las medidas eutanásicas que se
llevaron a cabo en los centros psiquiátricos de la Alemania nazi y las
propuestas que hacían en su famosa monografía Binding y Hoche. De ellas
se deduce claramente que ni Binding, quien murió el mismo año de la
publicación, ni Hoche hubieran estado en absoluto en desacuerdo con lo
que los nazis llevaron a cabo pocos años después, aplicando sus teorías casi
al pie de la letra. En todo caso, sus planteamientos creaban, como dice
Zaffaroni gráficamente (p.30 de su Introducción al libro de Binding/Hoche),
“el pozo jurídico que se tragó a Binding y a doscientos mil pacientes
psiquiátricos”. Y lo mismo se puede decir de Hoche, en cuya autobiografía
escrita en 1933 menciona sin problemas esta publicación, aunque
posteriormente en la reedición que de la misma se hizo en 1950, se quitaron
los párrafos que reflejaban más claramente su afinidad con las ideas nazis.
No deja de ser curioso que en las referencias biográficas que hace a
Binding Eberhard Schmidt en su “Einführung in die Geschichte der
deutschen Strafrechtspflege”, no se mencione para nada esta monografía.
Como tampoco deja de ser curioso que entre los antecedentes más
inmediatos de las prácticas genocidas y exterminadoras realizadas por el
régimen nazi en los campos de concentración, no se mencione el régimen
de trabajos forzados, ayuno y azotes que cincuenta años antes proponía
Von Liszt en su Programa de Marburgo para la inocuización de los
“incorregibles”. Desde luego, cualquiera que lea los párrafos que von Liszt
dedicaba en su famosa “La idea de fin en Derecho penal” al tratamiento de
los “incorregibles”, podrá ver que el mismo en nada se diferenciaba del
régimen que luego se impuso en los campos de concentración nazis, en
cuya entrada, irónicamente, se decía que el “trabajo libera” (“Arbeit macht
frei”). Y lo que no deja de ser chocante, en todo caso, es que este párrafo de
la conocida obra lisztiana haya pasado sin mayores comentarios ni
observaciones críticas durante más de un siglo por toda la literatura penal
que de él se ha ocupado, sin que se haya señalado el estrecho parentesco
que estas ideas tienen con Leyes como la alemana del delincuente habitual
de 1933, o el Proyecto que redactaron Mezger y Exner en 1943 para el
tratamiento de los “extraños a la comunidad”; o incluso con leyes
aparentemente menos duras, pero igualmente deplorables como la española
Ley de Vagos y Maleantes de 1933, redactada por Luis Jiménez de Asúa,
quien paradójicamente tuvo luego que exiliarse a Argentina, donde murió
treinta años después, huyendo de la dictadura filo nacionalsocialista y
fascista del régimen franquista (véase al respecto mis artículos: “Franz von
Liszt als Strafrechtsdogmatiker und Kriminalpolitiker”, en Festschrift für
das 200 hundertjäriges Jubiläum der Humboldt-Universitát, Berlin 2010; y
“Das Erbe Franz von Liszts”, en Festschrift für Winfried Hassemer, 2010).
Todo esto se ha pretendido disfrazar algunas veces de una pretendida
“asepsia científica”, acompañada también, como dice Zaffaroni, de una
“obcecación científica”, que se preocupaba más del triunfo académico de
las ideas que de las consecuencias prácticas que podían derivarse de ellas.
Esto se ve muy claramente, como dice Zaffaroni, en la posición incluso
arrogante que adopta Grispigni, en el libro que escribió con Mezger,
cuando defiende con brillantez frente a Mezger sus tesis a favor de la
peligrosidad y de las medidas de seguridad, como la mejor forma de
fundamentar científicamente la esterilización forzosa de los delincuentes
sexuales, sin hacer la menor reserva u observación crítica a la medida como
tal. Es lo que la ciencia recomienda y punto. En esto, según Grispigni, nada
tiene que decir el concepto de culpa o cualquier otra consideración moral o
metafísica.
Pero, como antes decíamos, tampoco pueden excluirse determinadas
actitudes de oportunismo político o incluso social. Siempre me ha
extrañado que a von Liszt se le haya calificado como un “liberal de
izquierda” (así Manuel Rivacoba en su prólogo a la edición española
publicada en Chile de “La idea de fin en el Derecho penal”, 1984, p.12/13),
siendo así que toda su vida mostró una gran admiración y afinidad con los
planteamientos políticos autoritarios de Otto von Bismarck, llamado el
“Canciller de Hierro”, y más que conocido por su ninguna simpatía con el
liberalismo y mucho menos con el socialismo. Las propuestas,
verdaderamente duras e inhumanas, de von Liszt sobre cómo debía llevarse
a cabo la “inocuización de los incorregibles” eran, por tanto, bastante
coherentes con la ideología autoritaria bismarckiana. Pero tampoco eran
menos duras las propuestas que hacía su gran rival de la época Karl
Binding, quien ciertamente criticaba la fundamentación peligrosista que
von Liszt le daba a sus tesis, pero al mismo tiempo proponía que la pena
basada en la culpabilidad pudiera llegar, en el caso de la reincidencia,
incluso a ser la de muerte para acabar, decía literalmente, “con esa ralea
criminal”. Y lo que, en todo caso, no parece es que a Binding le preocupara
mucho la “culpabilidad” a la hora de proponer el exterminio de los seres
humanos que consideraba desprovistos de valor vital (“lebensunwerte
Leben”), que es lo que, paradójicamente, al final de su vida parece que le
interesaba más.
Es difícil saber cuáles pudieron ser las razones que llevaron a Binding a
hacer una propuesta tan dura y desprovista del menor sentimiento
humanitario. Es probable que las hubiera pensado toda su vida y que sólo al
final se atreviera a formularlas tan abiertamente, sobre todo al ver que eran
compartidas por su colega y probablemente también médico de cabecera
Alfred Hoche. Pero tanto Zaffaroni (p.44), como Naucke (en la pagina 24
de su Introducción a la edición alemana), consideran que esta propuesta de
Binding descansa, al menos en parte, en su concepción de las “Normas”, a
cuya elaboración había dedicado la mejor obra de su vida (“Die Normen
und Ihre Übertretung”, en cuatro tomos aparecidos en diversas fechas), que
él interpretaba como el antecedente inmediato de la Ley penal positiva.
“Normas” que en este caso autorizarían a quebrantar la “prohibición de
matar” que de un modo general se incluye en las leyes penales positivas.
Así, por ejemplo, considera Binding, invocando directamente la libertad
como norma suprema, que el homicidio a petición no debería ser punible,
igual que no lo es el suicidio mismo (véase páginas 50 y ss. de este
planteamiento). Un planteamiento similar admiten hoy muchos autores
invocando directamente el derecho constitucionalmente consagrado a la
libertad; y algún autor como el alemán Günter Jakobs, llega incluso a decir
que el homicidio a petición no es más que un suicidio en “división de
trabajo” (“Arbeitsteilung”), considerando que su permanencia en el derecho
positivo no tiene otra justificación que la de ser un “delito de peligro
abstracto”, que el legislador tipifica pensando que el que no tiene fuerza
para matarse a sí mismo puede que no tenga una voluntad lo suficiente
madura y decidida de morir, pero si en el caso concreto la voluntad del
sujeto que no quiere vivir es clara y suficientemente madura, carece de
sentido castigar a quien le ayuda a llevarla a cabo hasta el punto de
producirle él mismo la muerte (cfr. Jakobs, Suicidio, eutanasia y Derecho
penal, traducción de Francisco Muñoz Conde y Pastora García Álvarez,
introducción de Muñoz Conde, Valencia 1999). Pero dejando aparte este
planteamiento que puede ser discutible y discutido, Binding va mucho más
lejos, y no sólo propone la eutanasia, indolora eso sí, de los que ya están a
punto de morir y aquejado de graves dolores, pero ya han perdido la
conciencia para solicitar que se les de la muerte (p.60 y ss.), sino
directamente también el exterminio de quienes desde el nacimiento son
“imbéciles incurables” o se han vuelto tales como los paralíticos en el
último estadio de su vida” (p.73 ss.). Para Binding, como estas personas no
pueden decidir, su “homicidio no colisiona con ninguna voluntad que deba
ser quebrada….. su muerte no provoca ningún sentimiento de vacío para
nadie” (lug.cit.), y acto seguido dice: “De nuevo no encuentro en absoluto
motivo alguno, tanto desde el punto de vista social, como ético o religioso,
para no otorgar licencia para la muerte de estos seres humanos, que
configuran la horrorosa contraimagen de los verdaderos humanos y que en
casi en todo despiertan un espanto que mueve a desembarazarse de ellos”
(p.74).
A partir de ahí lo único que le preocupa a Binding es determinar quiénes
son las personas que pueden realizar las medidas eutanásicas, el
procedimiento para llevarlas a cabo, e incluso el tratamiento dogmático que
hay que darle a los casos de error, es decir, al “homicidio sin permiso de un
incurable con el convencimiento de que están dadas las condiciones que lo
licencian” (p.79 ss.), a lo que no parece darle mucha importancia, pues,
como dice con énfasis al final de su trabajo, después de todo “¿quién
quisiera ver limitadas las aplicaciones de este bello impulso de la
naturaleza humana por una referencia a ese error? (p.82).
Como consideración final, podemos preguntarnos ¿qué valor, aparte del
histórico, pueden tener hoy en días las tesis de Binding y Hoche? Es
probable que si quince años más tarde los médicos nazis no hubieran
llevado a cabo de forma masiva lo que Binding y Hoche proponían en el
librito que escribieron, no hubiera gozado de la popularidad que
posteriormente alcanzó y su nombre apenas sería conocido más allá del
estrecho ámbito de la Dogmática juíricopenal alemana. El que esto no haya
sido así, se debe también, a mi juicio, a que trataban un problema que ni
entonces ni ahora ni nunca dejará de estar de actualidad, y que no es el otro
que el del valor que tiene en si mismo la vida humana por el hecho de serlo
(al respecto véase, por ejemplo, las interesantes comparaciones entre las
tesis de Binding/Hoche y los modelos eutanásicos existentes actualmente
en Holanda y algunos Estados de los Estados Unidos de América que hace
Juan Jesús Mora Molina, Derecho a la vida y permiso para destruir “vidas
sin valor”, Sevilla 2002).
En la Historia hay muchos casos en los que una teoría se ha hecho famosa
muchos años después de haber sido elaborada, cuando con el tiempo se han
verificado los postulados de los que partía. El “eppur si muove” de Galileo
es la mejor prueba de que lo que en su tiempo se consideró erróneo o
incluso una herejía, que estuvo a punto de costarle la vida a su autor, es hoy
una verdad incontestable. No parece que vaya a suceder esto, sin embargo,
con la tesis que en este librito propugnaron Binding y Hoche. La historia no
sólo no les ha perdonado, como pretende algunos de sus biógrafos, sino que
de algún modo les ha también hecho responsables de las consecuencias
fatales a las que llegó el régimen nacionalsocialista cuando, en aplicación
de sus ideas, puso por encima del valor de la vida y la dignidad del ser
humano otros intereses puramente utilitaristas, desprovistos de cualquier
contenido humanitario.
Pero tanto si los planteamientos de estos autores se debían, como dice
Zaffaroni, a una pretendida asepsia científica o a la obcecación y al orgullo
científicos, o, como creo yo, también al oportunismo político o social, o
incluso a la moda científica del momento, lo que con ello se plantea es el
problema de la responsabilidad del teórico por las consecuencias que
pueden producir la aplicación consecuente de sus teorías. No se trata aquí
de ninguna responsabilidad penal, o siquiera de una de tipo moral; sino de
la responsabilidad en general que incumbe al que sabe que sus teorías
pueden ser aprovechadas por el poder político para llevar a cabo sus
objetivos, y a pesar de ello las ofrece como legitimación para, como dice
Zaffaroni (p.11 de su Introducción al libro de Binding/Hoche), “su
utilización por parte de quienes siempre están atentos parea pescar
discursos útiles a su ejercicio del poder”. Y en esto no podemos negar que
Binding/Hoche eran muy conscientes de que lo que propugnaban, o de una
u otra manera legitimaban, era el empleo abusivo del poder contra los que
se consideraban que debían ser eliminados como una carga social, por ser
seres desprovistos de valor vital. Del mismo modo que tampoco se puede
negar que las propuestas de Mezger/Grispigni iban directamente dirigidas a
acabar con los reincidentes, internándolos en campos de concentración; a
esterilizarlos o castrarlos cuando se podía esperar de ellos “una herencia
indeseable” o una tendencia sexual que les llevara cometer delitos sexuales,
incluyendo entre ellos la homosexualidad; o simplemente a eliminarlos
físicamente aunque fueran menores de 18 años si su “culpa por la
conducción de vida” (Mezger), o la defensa social (Grispigni) así lo
requerían. El que estos autores fueran además excelentes especialistas y
cultivadores del Derecho penal, no es más que la prueba de que tanto
entonces, como ahora, Ciencia del Derecho penal y barbarie penal pueden
estar más unidas de lo que a primera vista pudiera parecer.

En otras palabras, en este modelo inmanente, en vez de existir una autoridad externa que imponga el orden a la sociedad desde arriba, los diversos elementos presentes en la sociedad pueden organizar ellos mismos la sociedad en colaboración” (Hardt, Michael; Negri, Antonio: “Multitud”, Editorial Debate, 2004, p. 391)

La realidad histórica de los servicios de inteligencia interior en la Argentina, está signada por un cerrado oscurantismo, compatible con los horrendos cometidos asignados a muchos de sus miembros, copartícipes del terrorismo de Estado durante la década del 70.
No obstante, contrariamente a lo que podría suponerse, la negritud de la historia de los “servicios” en la Argentina no comienza con el golpe del 76', ni tampoco con la aparición brutal de grupos paramilitares, por caso la “Triple A”, durante el Gobierno de Isabel Perón.
La “Ley Nacional Secreta” 19083/71, por ejemplo, incorporaba “al plantel básico de la Secretaría de Informaciones de Estado, a diverso personal de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones”. “Los agentes de que se trata -decían los crípticos y prietos fundamentos de esta norma de facto-, la mayoría de los cuales ha prestado servicios en ésta durante casi diez años, han evidenciado no sólo sobresalientes condiciones de idoneidad y relevantes cualidades morales, sino también gran confiabilidad, lo que resulta de gran importancia debido a las tareas que desempeñan y a la naturaleza de la labor específica de esta Secretaría”. Es decir, que la intercepción de las comunicaciones telefónicas estaba en manos de confiables expertos del régimen militar.Por su parte, otra norma, la 17.112/73, aprobó con carácter igualmente “secreto”, nada más y nada menos que “el Estatuto para el personal civil de la Secretaría de Informaciones de Estado y de los Servicios de Inteligencia de las Fuerzas Armadas, constituido por las disposiciones de la presente Ley, que establecen las carreras, deberes, derechos, retribuciones y régimen disciplinario para este personal afectado a tareas de seguridad y defensa nacional (Art. 1ª). Estableció además que el personal no debía “tener antecedentes que lo sindiquen como afiliado o simpatizante de agrupaciones políticas extremistas o de teorías foráneas, ni vinculaciones de sangre, comerciales o sociales voluntarias, con personas o entidades de tal carácter”. Que debía ser presentado por persona de “solvencia moral indiscutida”, y “recabar autorización para contraer enlace, informando con anticipación no menor de sesenta días, la filiación civil completa del futuro cónyuge, que no debe ser nativo de país limítrofe al nuestro, a los fines de averiguación de antecedentes morales e ideológicos”. Estas gramáticas ayudan a comprender las lógicas –pretéritas y actualizadas- de los servicios.Recién durante el Gobierno de Néstor Kirchner se prohibió expresamente a ese organismo realizar más operaciones de inteligencia -claramente inconstitucionales- respecto de colectivos e instituciones sociales, civiles, políticas, organismos de DDHH. Fue el primer esfuerzo normativo del Estado por ponerle límite a actividades realizadas, paradójicamente, desde el propio Estado.Ahora bien, si esta incompleta síntesis histórica ayuda a repensar el rol de los servicios en la Argentina en las últimas décadas, el desafío inconcluso de la democracia radica en “actualizar” las actividades de esas agencias, de sus operadores, y de todos aquellos que, habiendo formado parte de las mismas o participado por afinidad ideológica en tareas de delación, información o inteligencia interior en el pasado, quizás no hayan renegado de esas prácticas, sino que las hayan reformulado en claves compatibles con la sociedad de mercado, sus lógicas, y las nuevas formas de dominación y control.La cuestión no supone un mero ejercicio de imaginación, como podría pensarse en un primer momento.En una sociedad donde la diversidad, el multiculturalismo, en fin, la “multitud” ha desplazado a paradigmas totalizantes con identidad propia, tales como el “pueblo” o la “masa”, los Estados-nación han abdicado buena parte del ejercicio de la soberanía entendida en clave decimonónica, en favor de entidades supranacionales y corporaciones.Dos de las categorías conceptuales que han variado sustancialmente en los sistemas de creencias hegemónicos de Occidente, son la idea de “futuro” y la capacidad de los Estados para disciplinar a sociedades inéditamente dinámicas y plurales.Campea ahora la idea de que “nada” dura para siempre (ni las naciones, ni el trabajo, ni las parejas, ni las familias, ni la vida misma) y que el Estado - al menos en el capitalismo tardío marginal- no ofrece respuestas consistentes y en tiempo real a las crisis sistémicas estructurales; cosa que no difiere sustancialmente, hasta el momento, con lo que ocurre en los Estados conducidos por gobiernos que se reivindican como “nacionales y populares”.Es interesante relevar las lógicas del supuesto reportaje realizado a un narcotraficante alojado en una prisión brasileña, para plantearnos la verosimilitud de la “amenaza” de las multitudes, de los distintos, de los “otros” respecto de estados y sociedades inermes que proponen -todavía- soluciones disciplinarias, en las sociedades de control (ver www.rambletamble.blogspot.com).Por eso mismo, supone un necesario desafío intentar un relevamiento, que aunque pueda representársenos como igualmente imaginario, reproduzca y explicite la verdadera capacidad de maniobra de los servicios de inteligencia en la Argentina, que son justamente medios de control social, probablemente mucho más inocuos para incidir, lo mismo que el Estado, en las nuevas sociedades.¿Es posible entonces, pensar que durante las décadas de los 80' y especialmente los 90', al influjo de un proceso de privatizaciones inédito de los servicios esenciales del país, y de un retraimiento del Estado, o al menos de algunas de sus funciones esenciales, se haya producido un trasvasamiento de esos servicios al ámbito privado? Una suerte de privatización de las operaciones políticas o de prensa, de la delación y la información ilegal.Si admitimos que, efectivamente, hay un nuevo “Estado Imperial” -capaz de poner en caja a un Obama con mayoría legislativa y condicionarlo al punto de hacer sucumbir sus principales promesas de campaña en los primeros cien días de gobierno- donde las corporaciones y las instituciones supranacionales exhiben su ventajosa relación de fuerzas, deberíamos preguntarnos qué es lo que está ocurriendo con este tema en nuestra región. ¿Los resabios de la “mano de obra desocupada” - de aquí y de allá- forman parte de esta fuerza de tareas, aunque no actúen orgánicamente?En la Argentina se está dando un proceso de profunda reconversión social. El sistema político y el Estado colapsaron en el 2001. El colapso escapó al dominio y control de los actores políticos tradicionales. El Poder real, probablemente, haya perdido en estos últimos años las posibilidades de dominación históricas: no tiene cuadros, ni militancia, ni aparato. Sólo controla su enorme poder económico y su capacidad para contrarrestar a través del discurso y los medios las medidas que contradicen sus intereses de clase y sector. Tal vez el único "aparato", estructurado sea esta mano de obra que hace algunas tareas politico-militares como en Venezuela o Bolivia.Pero ese “desguasamiento” de los servicios estatales, en modo alguno autoriza a ignorar la incidencia posible de cuadros que actuando por cuenta propia o de terceros ayudan a consolidar prácticas reaccionarias y conservadoras, en una sociedad contrademocrática, desconfiada, que es permeable a este tipo de prácticas regresivas. Las víctimas, por supuesto, tampoco serían casuales.Supongamos por un momento la existencia de denunciantes compulsivos, aprietes, chantajes, episódicas operaciones, prácticas invasivas de los derechos civiles de las personas, intercepción de comunicaciones electrónicas y telefónicas que algunos medios han destacado en los últimos tiempos.Existe un sugestivo silencio del periodismo “de investigación” sobre estos temas, que por supuesto deberían llamar la atención porque esos hechos pueden resumirse como acciones que atentan contra la convivencia social y dan la pauta de la debilidad de nuestras formas democráticas de baja intensidad.Esto es, apenas, el principio de una indagación. En la dinámica del acopio de datos y memorias se escuchan relatos que establecen rumbos. Sobre la relevancia de la tarea no puede haber dudas. Resulta paradójico que en una sociedad atravesada por los medios de control social informales (entre ellos, la prensa, la extorsión y el rumor) nadie repare en estos nichos insondables, que remiten al pasado más tortuoso de los argentinos, pero que al parecer se niegan a desaparecer.